Jueves 24/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Misericordia con los ricos

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Un artículo de...

Ángel Cabrero
Ángel Cabrero

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Muchas veces se ha discutido sobre la riqueza, la pobreza y la felicidad. ¿Hace felices a las personas la riqueza? ¿Se puede ser feliz siendo pobre? Sería imprudente, sin duda, emitir un juicio absoluto, sin matices. Las variedades, excepciones y reglas serían casi infinitas. Pero eso no quita para que podamos dar una opinión, un poco por encima, susceptible, sin duda, de crítica o matizaciones.

En las películas y en las novelas nos cuentan con frecuencia la inmensa alegría que tiene una persona porque llega a ser rica. Porque le han tocado las quinielas o ha recibido una magnífica herencia con la que no contaba. Las películas y las novelas no suelen contar qué es lo que ocurre con la vida de esas personas después. Siempre se recibe, como cuento de hadas, la “maravilla” del enriquecimiento. Parece que no hay ninguna duda de que cualquiera de nosotros, si nos toca la lotería con unos cuantos millones, nos ponemos eufóricos y tomamos champán, como primera medida. Pero quizá hemos pensado poco en cuanto tiempo llevaría adecuarse a la situación.

La historia de vidas destrozadas por la riqueza nos la cuenta poca gente. Quizá llegamos a enterarnos de esa señora a quien hace diez años le tocó una fortuna en la Primitiva y que se ha suicidado. O de esa persona que, enriquecida de modo poco claro, termina siendo una auténtica desgraciada. No tenemos demasiadas noticias de personas que, enriquecidas por la suerte, se han dedicado a repartir entre los pobres, a instituir una fundación con fines benéficos, pero a veces aparecen en los periódicos.

Es indudable que haría falta una diferencia de actitud vital anterior para administrar bien lo sobrevenido de modo inesperado. Es distinto el empresario que llega a constituir un imperio con grandes ganancias. Ese personaje sabe lo que cuestan las cosas, y es más fácil que sepa administra su fortuna. Pero también entre estos cabe el egoísmo de ganar solo para sí mismo o la generosidad de ganar para ayudar a otros muchos.

En el “Cuento de Navidad” de Dickens, Scrooge necesita de apariciones fantasmales para que se convierta y sea capaz de atender a los pobres. Y el amplio repertorio de personajes de este escritor inglés está lleno de pobres bondadosos y ricos malvados. No es fácil encontrar a ricos que sean ejemplares -los hay, sin duda- y los santos que han sido ricos han tenido un momento en su vida en el que se han despojado de las riquezas.

O sea que lo de bienaventurados los pobres, debe ser por algo, y a este respecto el cardenal Robert Sarah -en “Dios o nada”- advierte que la Iglesia nos recuerda que tenemos que sacar a las personas de la miseria, pero no de la pobreza. Sería una contradicción sorprendente que Jesucristo advierta “qué difícil es que un rico se salve” y nosotros estemos preocupados por sacar a la gente de la pobreza.

Parece una broma, pero muchos experimentamos la dificultad que tienen las personas que andan sobradas de dinero para encontrarse con Dios, y, por lo tanto, no es una tontería que nos dediquemos, cuando nos corresponda, a atender al rico, para sacarle de su posible egoísmo -no tienen por qué darse siempre- y ayudarle a vivir para Dios, a pensar en los demás, a tener un sentido claro en su vida. El hedonismo es uno de los motivos más habituales por los que las personas se olvidan de Dios. Sin duda es una de las causas más habituales de la falta de práctica religiosa.

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