Miércoles 23/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Mirar hacia atrás sin tortícolis

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Dejemos, de momento y hasta que concluya, el viaje de Benedicto XVI a Méjico y Cuba, y sigamos enfrascados en las cosas que nos ocupan y preocupan por estos lares y penates. Esperemos el regreso del cardenal Sistach, que ha dejado momentáneamente su Misión Metrópoli, y a monseñor Martínez Camino, que habrá pisado la tierra para sus raíces prometida.

Hagámoslo después de un intenso fin de semana en el que, una vez más, las agendas se han cruzado, por eso de que la previsión no es el fuerte de la presencia católica en la sociedad.

La Concentración en favor de la vida, del sí a la vida, que es como el fuego sagrado del argumentario público, coincidió con el EncuetroMadrid, la cara visible y amable de Comunión y Liberación en España, una especie de meeting de Rímini a lo cañí, que cada año está mejor. Perdón, pero me vuelvo a Méjico, al menos al vuelo papal, por eso de que el Santo Padre nos ha invitado a construir una moral pública que "debe ser una moral razonable y compartida, compartida también por los no creyentes, una moral de la razón".

Aparentemente, que el Meeting de Madrid se metiera en los vericuetos de la Transición política era una cuestión discutida y discutible. No hace mucho la lectura del libro de Gabriel Plata Parga, "De la revolución a la sociedad de consumo", en el que se retratan a no pocos artífices intelectuales de la Transición, me confirmaba en estas sospechas. Lo que necesitaba esa faena es una tesis que iluminara el ejercicio siempre complejo de la memoria, al menos para las nuevas generaciones, que de la Transición saben ya lo mismo que de La Gloriosa. Y ahí estaba el lema, una frase de don Giussani del libro "El yo, el poder y las obras: "Las fuerzas que cambian la historia son las mismas que cambian el corazón del hombre". Por otra parte, y en esto han acertado los organizadores de la Exposición, cada vez es más necesario reivindicar el papel de la Iglesia Católica en la Transición, que no hay por qué reducir a la actuación de hombres y nombres.

El punto de partida fue técnico. Muestra de ello son las entrevistas que daban cobertura intelectual a la propuesta mucho más que gráfica: Stanley G. Payne, Oscar Alzaga, Charles Powell. Pero lo que de verdad puso el listón alto fue el acto inaugural, en el que se pudo contemplar un diálogo a tres bandas entre Enrique Mújica, exdefensor del Pueblo, excomunista, socialista, judío, y monseñor Fernando Sebastián, con la compañía de Fernando Abril, Consejero delegado de lo que queda de PRISA, para darle más colorido al acto. Fue una delicia de memoria y de ejercicio de razón pública en la que quedó tan palpable, sin necesidad de nombrara a nadie, el daño político, social y cultural de los gobiernos de Zapatero, y de las ideologías que lo sustentaban, que el mirar hacia atrás a tiempos de ilusión y esperanza ya no produce tortícolis.

Del EncuentroMadrid quedarán muchas historias, experiencia de vida, y también algunas frases. Por ejemplo, la de Mario Mauro, "la política tiene miedo del hombre verdaderamente religioso porque es el hombre realmente libre", o esa última del Manifiesto conclusivo del Encuentro: "La fecundidad civil que tiene la transmisión de la fe cuando es libremente ofrecida a la verificación crítica de los jóvenes. Esa educación es la que hace posible la aparición de un factor decisivo en cualquier cambio histórico: la gratuidad."

José Francisco Serrano Oceja

jfsoc@ono.com

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