Martes 26/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Memoria viva del Calvario

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Asaltados por el  cúmulo de informaciones que recibimos cada día; preocupados de los acontecimientos que consideramos más importantes en el cotidiano vivir, nos olvidamos con frecuencia de los hechos que han supuesto, y que siguen suponiendo, momentos decisivos en la historia de la humanidad, en este correr del hombre sobre la tierra acompañado por el tiempo, que ansía convertirse en eternidad.

De la información que nos inunda, quizá en algún instante prestamos atención a las palabras de un historiador, de un filósofo, de un científico. En estos días, ya en Semana Santa, nuestra alma ansía prestar atención a las palabras de Dios hecho hombre que muere en el Calvario: a las palabras de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. La Persona divina que vive, en su carne y en su sangre, la muerte del hombre.

La noticia de su muerte y de su Resurrección será siempre actual hasta que Dios ponga punto final a la historia de los hombres. Que lo pondrá.

Para hablar, unos se suben a un púlpito, a una cátedra, a un balcón, a un trono,  Jesucristo se subió a la Cruz, y entre otras palabras, dijo:

             “Tengo sed”

“Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”” (Jn 19, 28). Son algunas de las últimas palabras dichas por Dios Hijo con su boca mortal, al concluir, exhausto y abatido, su caminar en la tierra. “Tengo sed”.

¿De qué tiene sed Cristo?

¿Es la sed de todos los crucificados, de todos los que padecen tormentos semejantes, la sed originada por la pérdida de sangre? 

No. Jesucristo, Dios y hombre verdadero, vive la sed que Dios tiene de los hombres. Tiene sed de la conversión de los pecadores, para que abramos el corazón en arrepentimiento y podamos vislumbrar el amor que Dios nos tiene. Cristo vive la pena y el dolor de las almas que rechazan el Amor de Dios, escogen el infierno de sí mismos, y desprecian el Cielo que Dios les ofrece; y tiene sed de su arrepentimiento.

Tiene sed de que se cumpla la Escritura; no sencillamente la literalidad de las palabras que recuerda ante al vinagre que le ofrecen: “Y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Ps. 69, 22).  Tiene sed de saciar la sed de su Padre Dios, la sed que le ha traído al mundo buscando la Gloria a Dios y el bien de las criaturas. Tiene sed de: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”

Tiene sed de darnos vida, para que nuestro vivir se injerte en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tiene sed del amor de los hombres, a quienes, clavado en la Cruz, está mostrando todo el Amor de Dios. Tiene sed de iluminar con su Luz y su Amor nuestras tinieblas de egoísmo, de rencor.

Tiene sed de que los hombres dejemos de matarnos, de hacernos mal, los unos a los otros. De que respetemos su Creación, y dejemos nacer a todos los concebidos; que no “fabriquemos” criaturas para nuestro egoísmo y recreo, escogiéndolos rubios, morenos, sanos, enfermos, etc.

Tiene sed de que recibamos  la Paz que nos ofrece en su nacimiento, “Gloria a Dios en el Cielo y Paz a los hombres de buena voluntad”, y que ofreció de nuevo a sus Apóstoles, y en ellos a todos nosotros, al encontrarlos después de la Resurrección.

Clavado en la Cruz, Cristo consuma el plan divino de la Creación, Redención y Santificación del hombre. Su misión no se concluirá hasta que el último hombre deje la tierra, y hasta el final de los tiempos permanecerá clavado en la Cruz con los brazos abiertos, mostrándonos el Amor divino que nos ha liberado del pecado, que nos hace fuertes para vencer todas las “insidias del diablo”, y que quiere acogernos en su Amor, para que también nosotros tengamos esa sed, y saciemos su sed.

Y esta noticia será siempre actual, ante el pasar de las naciones, de los ejércitos, de los Papas, de los hombres y de las mujeres de todos los rincones del planeta.

¿Podemos nosotros, criaturas mortales, saciar el hambre, la sed, del Hijo de Dios, por Quien fueron hechas todas las cosas, en el cielo y en la Tierra?

 San Josemaría  contempla a Cristo, clavado, sujeto a los maderos de la Cruz, que espera de cada uno de nosotros una “limosna de amor”. La omnipotencia divina pide a los hombres una limosna de amor. ¿Es posible?

Una “limosna de amor” son los detalles de cariño, de amor, de fidelidad, de lealtad, de servicio, de perdón ante Cristo en la agonía de la Cruz. Y así calmamos la sed del Señor unidos al llanto y al estupor de las santas mujeres que acompañaron a la Virgen María al pie de la Cruz. Saciamos la sed de Cristo y abrimos nuestro espíritu a la luz, al calor del Amor de Dios.

“Tengo sed” Y concluye el Evangelio: “Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: “Todo está consumado”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu”.

La muerte de Jesucristo aquella tarde  en Jerusalén seguirá siendo noticia actual hasta la “resurrección de la carne”. Que la carne resucitará.

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com


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