Sábado 19/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Memoria de don Marcelino

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Dado que hasta Enrique Krauze dedica unas páginas de sus Letras Libres a don Marcelino Menéndez y Pelayo, reivindiquemos la figura y la obra del ilustre polígrafo montañés. Y, sobre todo, su confesión de fe, que no le impidió hacer ciencia a conciencia, con rigor metodológico; ni le produjo alucinaciones a la hora de poner en valor la aportación del catolicismo, y de la Iglesia, a la historia de España. España no fue sin la Iglesia, se quiera o no se quiera.

A la cultura española del presente le queda muy grande don Marcelino, y, por desgracia, también a quienes en la Iglesia y en el ámbito católico debieran velar por su patrimonio. Si no hubiera sido por nuestro inmediato pasado, y por los efectos nefastos de ciertas capitalizaciones de lo católico por determinada cultura oficial franquista, ahora don Marcelino sería reivindicado por tirios y troyanos, y su legado no hubiera pasado a la alacena de la amnesia.

No debemos olvidar, que, en el centenario de su nacimiento, hasta el obispo de Santander de entonces escribió una sugerente carta pastoral, en la que, por cierto, se contenían algunas afirmaciones de naturaleza social que hoy nos sorprenderían por avanzadas. Llegará el día en que su pensamiento y su obra sean objeto de estudio crítico, más allá de las imágenes mentales y de las utilizaciones de su figura para banderías estériles, como si fuera munición de grueso calibre.

Pongamos un ejemplo de serenidad de memoria: la homilía que don Joaquín González Echegaray pronunció en la misa del reciente aniversario del Primer centenario del fallecimiento de don Marcelino, en la catedral de Santander, en una eucaristía organizada por las instituciones públicas. Y tuvo que ser don Joaquín, sacerdote culto y sabio, biblista de referencia, el que dignamente salvara el agradecimiento que la Iglesia, y el pensamiento católico, le debe al ilustre polígrafo. Palabras pronunciadas en el templo catedralicio, sin cátedra, ante la tumba de don Marcelino, de Victorio Macho, que mira al altar mayor de soslayo. Ese mausoleo es, sin duda, la joya del singular primer templo de la diócesis de Santander.

Señaló don Joaquín: "Y es que la Iglesia universal, aquí modestamente representada en esta catedral, ha venerado y ha hecho suyo no sólo a los santos, sino también a los grandes personajes del ámbito de la cultura, aunque no hayan sido cristianos, por que ellos también, con su contribución la saber y al conocimiento del mundo, nos acercan a la realidad divina. Así, por ejemplo, en el vaticano renacentista, en la Stanza della Segnatura, decorada por Rabel, se ve el famoso fresco titulado "la disputa del Santo Sacramento", donde se halla representada la Santísima Trinidad, y debajo el sacramento eucarístico, rodeado por los más notables santos, teólogos y padres de la Iglesia. Justo en la pared de enfrente aparece, como si fuera casi la otra cara de la misma realidad, el conocido fresco titulado "La escuela de Atenas", en donde figuran Platón y Aristóteles rodeados de sabios y filósofos".

A esas alturas de la homilía, don Marcelino sonreía, y nos recordaba que en 1906 había dicho: "Pertenezco por la inmensa misericordia de Dios al mundo de los creyentes, no de los escépticos".

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

“Somos
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