Jueves 24/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Mamá, apuesta por mi vida

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Las elucubraciones que se han alimentado durante estas últimas semanas, a propósito del virus zika, y la llamada que un día hicieron desde las Naciones Unidas -alarma desmentida al poco tiempo- para provocar una especie de aborto generalizado en diferentes países, me han hecho pensar una vez más sobre los “concebidos, los nacidos, no salidos todavía del vientre materno”

Esta ha sido una más de esas alarmas que gobernantes  “corruptos” han puesto en marcha. “Corruptos”, en el sentido más profundo de esa palabra, que son los que quieren imponer su gobierno sin pensar jamás en el bien común de los ciudadanos; que solo piensan en los ciudadanos con el afán de convertirlos en marionetas de sus “ideologías” o de sus “ambiciones de poder”, que en el fondo es la “ideología” más persistente.

Y reflexionando un poco, este grito de alarma para matar a más millones de inocentes, me ha ha traído a la cabeza los posibles sentimientos de una de esas criaturas en el vientre materno en una situación semejante, y como se los transmitiría a su madre. 

Y estas son las palabras con las que he intentado dar voz a los movimientos del espíritu y del cerebro de la criatura:

“Querida mamá: aunque todavía no me acunes en tus brazos, te llamó así, porque ya lo eres. Si estoy vivo, si soy una persona aun midiendo apenas unos centímetros, y aunque no esté anotado en ningún registro civil, si puedo dirigirme a ti, de tú a tú, es gracias a ti, que me estas dando tu vida.

Mamá, sé que no necesitas estas palabras, pero he tenido un deseo apremiante de decírtelas. Apuesta por mi vida, como has apostado por la de mis hermanos mayores, no sé cuantos son pero he oído muchas voces diferentes a mi alrededor. No vengo a quitarles nada, ni de tu corazón, ni de tus preocupaciones, ni de tus cuidados, ni de tus bienes, y mucho menos de tu amor; que tu espíritu se ensancha con cada hijo y tu capacidad de amar no tiene límites, aunque a veces pienses que no puedes ya con más carga.

Me ha llegado el rumor de  que los tiempos no son nada fáciles para quienes no nos hemos asomado todavía a la luz de la mañana; y puedes caer en el pesimismo de pensar que voy a sufrir mucho en la vida.

No te preocupes. Tú déjame nacer, y después ya veremos. Estoy dispuesto a salir lo suficientemente espabilado para sacarme las castañas del fuego a las primeras de cambio, y a darte muchas alegrías, aunque supongo que alguna que otra pena también te llevarás aunque este hijo tuyo sea un “santo”.

Hace unos días me di cuenta de que te llevaste un gran disgusto: tembló todo tu cuerpo. Un médico te manifestó cruda y llanamente su temor de que una sombra apenas perceptible que había visto en mi cabeza, podría ser un indicio de que podía llegar al mundo con síndrome Down, y te invitó a abortar, a matarme.

Noté que reaccionaste enseguida, a Dios gracias -que de Dios también sabemos algo los nacido y vivientes en el seno materno-  y superaste el momento de profunda tristeza que te produjo la noticia. No sé si notaste que salté de gozo cuando le dijiste al doctor que no veías ninguna razón para que te diera ese mal consejo, y añadiste: “Con Down o sin Down, es mi hijo”.

Después le aclaraste que no estabas dispuesta a interrumpir el curso de mi vida, a abortar, y convertirme en trozos de carne para enriquecer a cierta industria;  y que, viniera como viniera, yo saldría de tu vientre a su debido tiempo, salvo cualquier otra cosa que Dios quisiera disponer.

No sé si es verdad, pero tuve la sensación de que el médico se dio cuenta de la situación, y te pidió perdón.

Quizá tengas que guardar cama algunos días para que yo nazca en su momento: llévalo con una sonrisa, mamá, y reza por mí a mi Ángel de la Guardia. Quizá más de un día acabes agotada -ya has cumplido tus primeras cuarenta primaveras- y pensarás si vale la pena ese sufrimiento y cansancio para traer una criatura al mundo, que no sabes cómo llegará. Cuando me bauticéis tendrás por bien llevados los cansancios, las molestias, los mareos, las debilidades...

Mi voz es muy débil, apenas un susurro, y quizá sólo tú estás en condiciones de oírla y de entenderla. No puedo participar en ninguna manifestación  para defender mis derechos, y pongo toda mi confianza en el único ser que puede dar fe de que yo existo: mi madre.

Mamá: apuesta por mi vida. Vale la pena. Acertarás. Un beso de tu hijo.”

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