Domingo 20/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Luces y Luz

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En Navidad las calles de nuestras ciudades se llenan de luces que alegran la vida e invitan a pasear y comprar. Muchos saben el porqué de esas luces, al menos de modo implícito, y es porque celebramos el nacimiento de Jesucristo luz del mundo.

La luz es vida y donde no llega, allí reina la muerte, como sabemos de los planetas que no reciben luz ni calor del sol, completamente necesarios para la vida. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló» dice Isaías 9,1.

Cuando nos falta luz todo se hace inseguro, caminar, circular, o trabajar. Y al volver de nuevo la luz experimentamos una sensación de bienestar pues de nuevo todo funciona. Dicen que los peces abisales tienen los ojos atrofiados precisamente por falta de luz y han desarrollado deformidades no gratas la vista que actúa en medio de la luz.

Los cuadros que representan el nacimiento de Jesús en Belén suelen poner el centro de luz en el pequeño cuerpo envuelto sólo en pañales, el signo proporcionado por los ángeles a los pastores sencillos: «encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre», refiere Lucas 2,12. Cualquier puede recordar esas imágenes de el Greco, Murillo, Maíno, Rembrand o Mengs. Y los artistas no añaden más atuendo a los pañales que pudieran amortiguar la luz que nace por Él, con Él y en Él.

Resulta que unos años después ese Niño se presentará ante los hombres como la luz del mundo, refiere el evangelio de Juan que Jesucristo declara con énfasis: «mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo» (9,5), y lo dijo después de curar milagrosamente a un ciego de nacimiento ante muchos testigos.

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, lux mundi luz del mundo, pues trae el amor que da la vida sin obstaculizarla, la fe que da luz a nuestras convicciones inseguras, y la esperanza que impulsa el caminar de los hombres. Se comprende entonces que el Concilio Vaticano II, del que cuyo inicio se acaban de cumplir cincuenta años declare: «Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre».

En verdad, los ojos de la fe pueden abarcar en una solo mirada interior el nacimiento del Niño Dio, sus trabajos en Nazaret, y los signos salvíficos en favor de los pobres, enfermos, y pecadores pues Jesucristo es el Salvador de la humanidad.

Por ello cantamos villancicos, hacemos regalos, nos reunimos en familia, perdonamos y somos perdonados, rezamos y revive la esperanza en medio de las crisis. Todo lo demás es envoltorio.

Jesús Ortiz López

“Somos
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