Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Juicios eclesiásticos sobre cuestiones temporales

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Casi nadie podía esperar una reacción tan fuerte contra las intervenciones de los obispos franceses ante las decisiones del gobierno de Sarkozy sobre la expulsión de gitanos de Rumania. Menos aún, al menos por mi parte, la descalificación de Benedicto XVI que hizo Alain Minc, a quien siempre tuve por hombre moderado.

Pero lo cierto es que no supo digerir el comentario del Papa en la audiencia del domingo 22. Sus palabras no podían ser más prudentes y a la vez claras, en cuanto recordaba viejos principios de la doctrina social católica. Pero quizá no contaba con que el problema de la expulsión de los “roms” en Francia estaba alcanzando cotas de visceralidad impropias de una nación siempre caracterizada por su racionalidad. Tal vez se está imponiendo, en este caso como en otros, a falta de racionalidad, un laicismo insuficientemente fundamentado.

Antes de entrar en la reacción global, medida por un sondeo encargado y publicado por el diario La Croix, me detendré en el caso de Minc. Su descalificación del Papa enlaza con el más puro y duro racismo, que es justamente la cuestión que está en juego en estos momentos. No se puede negar a Benedicto XVI la capacidad de hablar sobre un problema porque sea alemán y, por tanto, "heredero" de una historia en la que ocupa un rango excepcional el nazismo. El Pontífice, en sus audiencias generales a la hora del ángelus, dirige siempre algunos mensajes en diversas lenguas. El domingo 22 invitaba a los peregrinos franceses a “saber acoger las legítimas diversidades humanes, siguiendo el ejemplo de Jesús, que vino a unir a hombres de todas las naciones y de todas las lenguas". No era difícil enlazar ese consejo con el de los obispos galos que denunciaba las expulsiones masivas de “roms”. Para Alain Minc resultaba escandaloso que un papa alemán se expresase de esa manera, y además en lengua francesa. Se lo habría tolerado a su predecesor, Juan Palo II, pero no a él, en cuanto heredero del régimen nazi. Asombroso.

Como es natural, Alain Minc ha sido fuertemente criticado por esta superficial toma de postura, y personas conspicuas le han pedido expresamente que rectifique. Pero no será fácil, porque esta cuestión se ha teñido de un exceso de visceralidad, que incluye el rechazo de la intervención eclesiástica.

De hecho, el 53% de los franceses opina que la Jerarquía no está en su papel hablando de este tema. Así lo refleja un sondeo CSA, que puede consultarse en las páginas de La Croix.

 

El rechazo alcanza al 54% de los encuestados que se declaran católicos, aunque baja al 40% entre los que se definen como practicantes. Como suele suceder en estos casos, las opiniones varían según la sensibilidad política de los interrogados: entre los simpatizantes de la izquierda, el 55% juzga favorablemente la intervención de la Jerarquía, mientras que entre los partidarios de la derecha está solo en el 32%.

Se entiende la diferencia, porque en temas de solidaridad y derechos humanos existe proximidad entre cristianos y socialistas, especialmente desde que éstos abandonaron el ateísmo marxista y el mito de la propiedad pública de los medios de producción. Así lo hizo el SPD alemán en el famoso congreso de Bad Godesberg de 1959. Y muchos recuerdan la dimisión provisional de Felipe González diez años después en otro importante congreso del PSOE.

Los datos de esa encuesta de opinión son interesantes, porque los últimos sondeos sobre la actitud política de los católicos franceses mostraban que seguían estando a favor de posiciones de derecha, y no apoyaban mayoritariamente al MoDem, partido de centro dirigido por un católico practicante tan serio y responsable como François Bayrou. De hecho, en esa encuesta de 2010, coincidía la intención de voto entre izquierda y derecha de los católicos ocasionales (42%), aunque los practicantes estaban más a la derecha (55% contra 33%).

Pero el tema de hoy es la oportunidad de tanta intervención episcopal en asuntos temporales, sólo indirectamente relacionados con la salus animarum. Recuerda la doctrina del poder indirecto, arrumbada por el Concilio Vaticano II. Para mí, existe el riesgo de que no contribuya a la formación de los laicos, que son los responsables. Por ejemplo, siento pena cuando veo que gente de cierto nivel sigue sin conocer el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, del Pontificio Consejo Justicia y Paz, de 2005, que tanto puede ayudar a formarse criterios con libertad.

Salvador Bernal