Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Judíos, cristianos y musulmanes frente al Estado

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Los judíos viven en la diáspora desde hace 28 siglos. Allí donde han ido a parar han llegado pobres y han terminado situándose. Nunca han pretendido detentar el poder, pero siempre han vivido en comunidades cerradas. Se casan entre ellos, se apoyan en el comercio y en el trabajo, por lo que terminan formando un grupo cerrado, con frecuencia molesto para los demás habitantes del lugar. No pretenden el poder pero tienen un poder paralelo. Ha sido la causa de que de muchos lugares les hayan expulsado. No tienen la culpa pero son de alguna manera culpables.

Los cristianos son hombres y mujeres del mundo que viven como uno más. "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Esta máxima debería haber servido durante todos los siglos de historia de la Iglesia, porque es la enseñanza de Jesucristo. Sin embargo en el momento de la cristianización del Imperio Romano se cae en la trampa de mezclar a la Iglesia con el poder. Ya el papa Gelasio había advertido: "La Iglesia tiene autóritas pero no potestas". La autoridad debe tenerla por su propio ejemplo, no porque nadie se la dé de modo gratuito. Pero el poder debe quedar siempre en manos del Estado. La confusión de estos dos conceptos ha producido muchos disgustos. En el último siglo esta ha sido la doctrina clara, especialmente después del Concilio Vaticano II, y la Iglesia expresa nítidamente cuál es su función, que nada tiene que ver con el gobierno temporal de las personas.

El Islam nace con vocación de poder. Desde el primer momento impone un modo de vivir sobre las personas y los lugares. No hay ninguna distinción entre poder civil y poder religioso. La Guerra Santa surge desde el principio como medio para llevar la fe a todos los hombres. Cuando un musulmán emigra lo hace como persona, pero en el lugar a donde llega, de inmediato busca la comunidad. Y esa unión entre varios musulmanes tiene siempre una vocación de imponerse. Sus empeños de introducir la fe y de gobernar están siempre unidos.

Los judíos han suspirado desde siempre por volver a la Tierra Prometida, pero la mayoría no han vuelto, pudiendo. Ese territorio es pequeño y poco acogedor. Los más ortodoxos sí sueñan con una posesión exclusiva. Pero el resto viven por todo el mundo, a ser posible en barrios propios. Esto no tiene sentido para los cristianos, que se mezclan con todo el mundo, con afán de evangelizar, sobre todo con el ejemplo.

Los musulmanes, por principios religiosos, no se mezclan, y llevan consigo unas costumbres no admisibles en la sociedad occidental. Procuran convivir sin llamar la atención, pero piensan de otra forma. Los planteamientos que llevan consigo de imposición de la fe, de intolerancia en la práctica religiosa, de falta de libertad, de desigualdad de la mujer, de poligamia, etc., son incompatibles con la Constitución española, y con las demás europeas.

A las personas singulares debemos atenderlas, como en el caso de los demás emigrantes. La caridad debe estar por encima de todo. Pero como colectividad son enemigos, por puro principio religioso. Habría que aprender del caballo de Troya. No se debe dudar de la honradez de ninguna de las personas que tengo delante, salvo que haya datos, pero sí debo exigirles el cumplimiento del derecho. Sería el colmo que tuviéramos que modificar nuestra legislación para que ellos estuvieran a gusto.

Ángel Cabrero UgarteC.U. Villanueva