Martes 19/09/2017. Actualizado 16:50h

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Tribunas

Jornada Mundial de la… Universidad Católica

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Pregunté al lienzo norte de la muralla de Ávila, señera, impasible a las secuelas del tiempo, a la geografía de la debilidad de lo humano, qué es lo que permanece de la Universidad Católica.

Y lo hice porque sobre su superficie se proyectó un audiovisual, en una noche de lujo de luna llena, plena de vida, sobre la Universidad en la historia. Pregunté al lienzo norte de la muralla de Ávila qué es lo que permanece de la Universidad, y que es lo que pasa. Y me respondió con el eco de las palabras de quienes habían sido ponentes de un magnífico Congreso Internacional de Universidades Católicas, organizado por la de Ávila, una Universidad tan joven como afianzada, este pasado fin de semana.

Y me contestó con las palabras de Alejandro Llano, que se ha superado a sí mismo y con su ponencia ha dejado atrás su libro "Pensar la Universidad". Dijo el físico del más allá del espíritu universitario –perdón por la cita tan larga-: "A la Universidad actual lo que le sobra es organización. Lo que le falta es vida. Lo decisivo no es el modelo académico, ni el contexto político, ni siquiera los recursos económicos de que disponga. No hemos de cuestionarnos qué Universidad queremos, sino qué –o, mejor, quién- es el ser humano que en ella hemos de desarrollar y perfeccionar. Este planteamiento, centrado en la persona, presenta una mayor radicalidad que poner la atención en los planes de estudio, en las nuevas carreras, o en los sistemas para regular la vida académica. Porque el concepto que se tenga de la persona humana es el factor decisivo de toda reforma universitaria. Pensemos en la distancia existente entre pensar que el estudiante es primordialmente un hijo de Dios y empeñarse en que ha de ser sobre todo una fuerza de trabajo "empleable". Reformar la Universidad es renovar aquello que Karl Jaspers llamó esa fuerza espiritual básica, sin la cual serían inútiles –perjudiciales incluso- todas las posibles reformas de la Universidad.

En el Congreso de Ávila, en la espera de Benedicto XVI y su encuentro con los jóvenes profesores, en la esperanza de un cambio en la Universidad Católica española –por allí anduvieron antiguos y nuevos rectores, incluso el aún no oficial de una antigua Universidad de la Iglesia-, se vivió la ilusión de una Jornada Mundial Universitaria, que siempre es joven. Porque lo cristiano nunca es viejo, acaso es parte de la tradición y exigencia de novedad.

Pregunté a Lydia Jiménez, artífice de una renovación, también universitaria en la Iglesia, por el por qué de ese Congreso. Y me respondió con palabras de don, generosidad, entrega, gratuidad, que hoy, más que nunca, faltan. También en la Iglesia. El don siempre lleva la recompensa de la esperanza. Así es la vida universitaria.

José Francisco Serrano Oceja

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