Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

¿Invierno en la Iglesia?

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La Iglesia se ha convertido, estos días, en una gran misa crismal, misa para el mundo, misa del sacerdocio. Rayos X de la fe, de la experiencia católica, en los rostros de los sacerdotes, de las generaciones sacerdotales que, sobre sus hombros, han sostenido la fe del pueblo cristiano. Rostros, unos, demacrados por las heridas de la historia; otros, jóvenes, lozanos; los más, cargados de la plenitud de la vida entregada, otros Cristos. Es la misa crismal un momento de intensa audiencia de la palabra de los obispos. Hace veinte años, en España –pongo por testigo a las hemerotecas-, los obispos hablaban de la relación con el mundo, de la presencia en el mundo. Hoy, en este año sacerdotal, intensamente necesitado de alma sacerdotal, han hablado de la oración, de la penitencia, de la vida espiritual del sacerdote. Véanse las homilías de Madrid, Valencia, Asturias, Tarragona, por citar algunas. Lo que no aguanta el espíritu del mundo es el alma sacerdotal de la Iglesia.

En los últimos meses, y en varios libros, los más de la editorial PPC, se repite la idea de que vivimos en un invierno eclesial –Rahner al fondo, pero, ¿qué Rahner?-. A esta cuestión está dedicado el libro del sacerdote cántabro Jesús Garmilla. También pertenece a lo que repite por activa y por pasiva José Ignacio González Faus. Aparece, y no de soslayo, en la intensa y absorbente novela “Haced esto en memoria mía”, lectura sacerdotal contemporánea de Juan Rubio, que fascina por la claridad estilística y por la dulzura del corazón que siembra verbos más que palabras. ¿Vive la Iglesia un tiempo de invierno? ¿Por qué esa inclemencia; a qué se debe; cuáles son sus causas?

No hace mucho, acompasado por la brisa de la costa gallega, le pregunté a un sacerdote de esa generación nada perdida, por citar una frase de monseñor Fernando Sebastián, un hombre que había sido mucho tiempo vicario general de pastoral, por el dichoso invierno. Tenía la impresión de que el problema no es metereológico sino psicológico; que el invierno no está fuera, sino dentro; que aquellos ideales sacerdotales del postconcilio, entresacados de un concilio alambicado por el deseo más que interpretado en su realidad, se habían esfumado y, con ellos, el espíritu de entrega sacerdotal.

Mi interlocutor me reconoció que aquella generación era una generación de transición, y sólo de transiciones no se vive; que se habían entusiasmado, pero que no se habían dado cuenta de que el entusiasmo no caminaba por la realidad y que la secularización era más aventajada que sus ingenuidades; que vivían de novedades sumadas a novedades, hasta que un día se agotaron; y que habían roto con sus mayores y ahora eran incapaces de anudarse con los jóvenes. Y me confesó que hasta que no fue a Roma y se encontró con la Iglesia abrazada a la universalidad, y se fijó en cómo Juan Pablo II transitaba por el escenario del teatro del mundo, no se dio cuenta de que hay ciertas formas de vida sacerdotal basadas más en una voluntad de deseo que enraizadas en la vida y en la historia de la Iglesia. Quizá haya sacerdotes, teólogos, que han cerrado a cal y canto las ventanas de su interior, pensando en el frío de un supuesto invierno de la Iglesia. No se han dado cuenta de que hace ya tiempo que escampó y que ahora estamos en primavera. No he oído a ningún obispo hablar en las misas crismales del invierno en la Iglesia. A lo sumo, del pecado de los hombres de Iglesia.

José Francisco Serrano Oceja