Jueves 24/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La Iglesia en China y Hong Kong

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Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Se ha escrito estos últimos días sobre el nombramiento de obispos auxiliares de Hong Kong. Han sido los primeros desde la retrocesión de la antigua colonia británica. Y todo indica que se trata de una media preventiva, para asegurar la libertad en una coyuntura histórica en que Pekín pone entre paréntesis sus compromisos sobre el futuro de la isla.

No está de más quizá recordar los datos de hecho: tres nuevos obispos auxiliares fueron ordenados para la diócesis de Hong Kong, el sábado 30 de agosto, en presencia de 2000 fieles. Se trata de Michael Yeung Ming-Cheung, el vicario general de la diócesis; Stephen Lee Bun Sang, hasta ahora vicario del Opus Dei para Asia Oriental; y Joseph Ha Chi-Shing, antiguo superior de la orden franciscana en Hong Kong, Son las primeras ordenaciones desde el traspaso del territorio a China en 1997. Hong Kong y Macao son los únicos territorios de China en que no está limitada la comunión de la jerarquía eclesiástica católica con Roma.

Tal vez lo importante es que este evento coincide con un momento histórico delicado, en que Pekín trata de reconducir los afanes de democratización presentes en la población de la antigua colonia británica. En un contexto de reducción de las libertades civiles, se comprende la importancia de la decisión romana.

En las negociaciones para la retrocesión entre Margaret Thatcher y Deng Xiaoping, se concordó el criterio del sufragio universal para el nombramiento del jefe del ejecutivo de la región administrativa especial de Hong Kong. El reciente documento aprobado en Pekín significa la negación del espíritu de aquellas negociaciones. Se comprende, aunque no se comparta en modo alguna, que Pekín traicione sus promesas: una elección popular del poder ejecutivo en la isla sería demasiado para la China de Xi Jinping, que no deja espacio a ningún tipo de disidencia.

Desde Roma, como es sabido, se intenta por todos los medios, lograr una cierta pacificación, habida cuenta de que la jerarquía de la llamada iglesia patriótica acepta de hecho la comunión con el Papa. Así se comprobó con el nombramiento del obispo auxiliar de Shanghai, elegido entre sacerdotes teóricamente gubernamentales: desde su consagración, renunció a todo tipo de connivencia, y esa decisión le costó la confinación en la sede del seminario local, sin posibilidad de una acción pastoral directa, a pesar de la avanzada edad del obispo diocesano, que moriría poco después.

Traigo estas noticias, con el correspondiente problema, en un momento en que la atención se refleja justamente en la persecución de los cristianos por parte de los yihadistas en diversos lugares de Oriente Medio. Pero me parece importante no olvidar la situación en que los cristianos, y especialmente los católicos, viven actualmente en China y en Vietnam, como consecuencia del comunismo, el otro gran totalitarismo del siglo XX. A pesar de matices y condicionamientos en el plano económico y financiero, la situación real de los creyentes dista mucho de lo deseable en términos de libertades básicas. Y nunca se insistirá bastante en que no se trata de derechos humanos occidentales: aunque hayan nacido en esta parte del mundo, constituyen un elemento fundamental de la dignidad de toda persona.




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