Martes 22/08/2017. Actualizado 17:39h

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Tribunas

Iesu Communio, en la tierra y en el cielo

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La Aguilera. Un rincón del mundo -cercano a Aranda de Duero- que apenas aparece señalado en los mapas de carreteras. A pocos kilómetros de su posición geográfica, ni siquiera hay carteles que indiquen al viajero el modo más rápido y más breve para llegar a él. Al fin, una afilada, y esbelta, torre de iglesia anuncia que el caminante ha llegado a la meta.

El Instituto "Iesu communio" ha comenzado a sembrar aquí unas semillas que se alimentan de eternidad. Santa Clara, fundadora y madre de todas las Clarisas del mundo, hizo retroceder a los asaltantes de su pequeño convento de san Damián, en el Asís de 1200, blandiendo en sus manos la Custodia con el Santísimo Sacramento y haciendo con ella la Señal de la Cruz.

Hoy, con el mismo corazón, enamorado y decidido, con el que defendió al primer grupo de mujeres que la siguió al convento, Santa Clara habrá recordado en su corazón aquella poesía de Machado, que habla del viejo tronco de un olmo hendido por el rayo, que reverdece con las aguas de abril y el sol del mayo, y ve brotar una nueva rama de la fertilidad eterna de su savia.

Los cristianos a veces perdemos del horizonte de nuestra inteligencia, de nuestra sensibilidad, la acción del Espíritu Santo, que envía su aliento, "como, donde y cuando quiere".

Ya en el convento, puede uno acompañar a las Hermanas y vivir con ellas la adoración Eucarística; y el acompasado rezo de una Oración litúrgica, la Hora de Nona, con la Pasión de Cristo en el corazón, y la Eucaristía presente anunciando la Resurrección y la Gloria.

El hombre, la mujer creyente, ha dejado atrás las preocupaciones inmediatas que le puedan agobiar; la situación de trabajo de sus familiares; las enfermedades que han podido asentarse en su hogar; los disgustos por las actuaciones de un hijo, de un hija, y hasta su desconfianza por su párroco, por la estructura de la Iglesia, por su Fe. Abandona en manos del Señor toda carga, mira los ojos de la Hermana que le ha acogido, y dice en su corazón:

-"He llegado. Aquí verdaderamente está Cristo. Esta es casa de Dios, puerta del Cielo"

Santa Clara después de ahuyentar a los bandidos, se dirigió a sus hijas, las miró y les transmitió paz. Hoy, es Madre Verónica la que contempla a sus hijas, que un tiempo fueron sus hermanas, y maravillada agradece al Señor, y a la Virgen María, el amor que han sembrado en el corazón de cada una: será el fuego que derrote a los "bandidos", que quieran arrancárselo del alma.

En la capilla, todo tiene ahora un cierto aire de provisional, en espera de poder construir una verdadera iglesia y celebrar la liturgia con la solemnidad requerida. Una imagen piadosa de Cristo Crucificado es el retablo. A su izquierda una inscripción:

Tengo sed.

A su derecha, una imagen en mármol de la Santísima Virgen, recogida, sentada, embarazada de Jesús. Ese Jesús que cada Hermana anhela ver nacer en su corazón, y que tome posesión de él. A la izquierda, el Sagrario.

Madre Verónica y sus hijas del Instituto "Iesu communio" han escuchado en la silenciosa soledad de su amor, el palpitar de Cristo en su corazón y esas palabras del Señor en la Cruz:

Tengo sed.

Y han comprendido, con la gracia del Espíritu Santo, que a cada una de ellas, en su pequeñez y en su grandeza -unas son médicos, otras ingenieros, otras estudiantes de los primeros cursos de universidad, otras campesinas, otras secretarias, otras artistas, etc.- el Señor les ruega -el pedir de Cristo siempre es un ruego- , "apaga mi sed". Han comprendido que el Señor anhela recibir lo poco que le puede dar un ser mortal, "una limosna de amor"; y se la han dado.

Y le han ofrecido su amor, unas en su primera juventud; otras ya hecho el corazón a muchas batallas; otras en la madurez de la edad y del espiritu. Todas saben que en corazón que ama a Cristo la juventud es eterna.

Y al dar al Señor esa "limosna de amor", se ha encendido en su corazón un fuego; el fuego del amor de Dios, que Cristo ha traído al mundo, y anhela verlo encendido en el alma de todos los hombres, de todas las mujeres.

"Yo he venido a traer fuego a la tierra; ¿y qué quiero sino que arda?".

Entre los muros del convento de La Aguilera arde una llama convertida en luz, y que quiere transmitir ese fuego, esa luz, al corazón de muchas personas, y encenderlos en amor a Cristo.

"¿Acaso se enciende una candela para ponerla debajo del celemín o bajo la cama? ¿No es para colocarla sobre el candelero, y alumbre así toda la casa?

Sentadas en los bancos corridos del locutorio abierto, las Hermanas de "Iesu Communio" son apóstoles. La luz de la clausura desea iluminar al mundo, sin dejar de ser clausura. Y son apóstoles porque transmiten la Fe y al Amor a Cristo, a la Virgen, a la Iglesia, con sus palabras, con sus miradas, con sus cantos que, bien escuchados, son oración.

¿Nuevas contemplativas? Sin duda

Yo procuro seguir los pasos de un "contemplativo itinerante" -Josemaría Escrivá-; y me alegró en lo más hondo del corazón al descubrir ese "buen aroma de Cristo", en tantos hombres y mujeres que caminan con el mismo deseo de amar a Cristo y encender el mundo en el fuego de ese amor, en medio de su trabajo, de los afanes de la tierra, de la familia, de las amistades, en las alegrías y penas de cada día.

El mismo "aroma de Cristo" se eleva al Cielo, llena el mundo desde La Aguilera, por esa ventana de la Clausura que han abierto las Hermanas de Iesu communio, y por la que transmiten a toda la tierra la alegría de amar a Cristo, de anunciar a Cristo, de estar en Comunión con Cristo, de vivir en la Comunión de Cristo. Bajo la amorosa mirada de la Santa Madre de Dios, María.

Ernesto Juliá Díazernesto.julia@gmail.com

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