Jueves 24/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Hagan juego...

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La rueda de prensa de presentación de la Misión Madrid, eco acreditado de la JMJ, con el cardenal Rouco Varela presidiendo la mesa de declaraciones, hecho no frecuente, sirvió para aclarar algunas ideas y para pinchar los globos ficticios de las cansinas campañas contra el cardenal Rouco, principalmente en algunos sectores internos de la Iglesia.

Una de ellas, especialmente virulenta en los últimos días, ha sido la del caso Eurovegas, la ciudad del juego del magnate judío Sheldon Adelson y su implantación en los terrenos de la Comunidad de Madrid. Pese al hecho de que los lugares previstos para su uso pertenezcan a las diócesis sufragáneas, y por tanto el peso de las declaraciones públicas inmediatas recaiga en sus respectivos obispos, el cardenal Rouco, que no se caracteriza por tener miedo a los miuras del presente, ni del pasado, llevó la cuestión a dónde no se esperaba, en un ejercicio de discernimiento singular, sin argumentos repetitivos ni titulares efectivas que incendiaran una compleja cuestión social y política.

Esperanza Aguirre es muy consciente de que los obispos no van a decir otra cosa distinta de lo que han dicho, y por más que no quiera asistir a la ordenación episcopal del obispo auxiliar de Getafe en respuesta a las declaraciones del titular de esa diócesis sobre esta materia, sabe perfectamente que a cada uno lo suyo. Cuando el cardenal Rouco se refirió a la responsabilidad de los políticos dijo ya suficiente.

Habían sido varios los obispos, y los episcopados, que se habían pronunciado sobre la ilicitud moral del objeto del negocio y sobre los peligros que conlleva. Ciertamente, el Catecismo de la Iglesia Católica dice suficiente, y con claridad, sobre el significado de los juegos de azar, la forma de vida que incitan y conllevan, los riesgos, las patologías que rodean ese entramado de vicio. No se trata sólo de hecho en sí del objeto del negocio, sino de lo que acompaña inevitablemente a esta empresa.

Simbólicamente, produce escalofríos pensar que una inversión de tamaña magnitud, si se realiza como tal, con las cifras de puestos de trabajo, esté sirviendo de espejismo a quienes están sufriendo la crisis. Una vez más, los falsos paraísos concluyen en la miseria y en la destrucción del tejido moral de las personas. Para más INRI, la izquierda se había lanzado a una hipócrita campaña cargada de moralismo utilitario, y lo que menos quieren los obispos es que, ahora, y en esta circunstancia, o se les utilice; o aparezcan como los aguafiestas de la única macroinversión que, en teoría, parece generar una corriente de capital y de movimiento financiero.

Pero había que llamar a las cosas por su nombre. Y así, el cardenal Rouco, sin esperar a una previsible nota de la Provincia Eclesiástica, o a un deseado documento de la Conferencia Episcopal sobre la crisis, y sobre las falsas salidas, puso la cuestión en elevación. Y lo que previsiblemente serían titulares de condena se convirtieron en, sin ceder un ápice en el juicio moral de fondo y en el anuncio de los riesgos de degradación moral que entraña, lanzar un reto y una llamada de atención, un ejercicio de motivación profunda para la conciencia cristiana.

Decían los clásicos, que el más o el menos no cambia la especie.

José Francisco Serrano Oceja jfsoc@ono.com

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