Domingo 20/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Guía para no confundirnos

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En medio de esta ceremonia de la confusión mundial sobre el estado de la Iglesia, propongo una sencilla guía para no confundirnos. Mejor dicho, para que nos confundan.

A veces da la impresión de que a partir del anuncio de la renuncia de Benedicto XVI se han disparado todas las alarmas y no pocos han entendido que esta profética decisión era el descuido, como oportunidad, que tanto esperaban y anhelaban. Fenómeno que afecta tanto a los de dentro de la Iglesia como a los de fuera, hablando sociológicamente.

Sumamos páginas de noticias en las que lo inesperado se conjuga con lo extravagante. Parece como si alguien hubiera dado el pistoletazo de salida para que todo lo que estaba reprimido, oculto, agazapado, saltara a la inmediatez y fuera creciendo en un imaginario en el que los deseos de una Iglesia a nuestra medida, a nuestra limitada medida, se hicieran realidad.

De ahí esa combinación fantástica de cardenales que apuestan, por ejemplo, por la abolición de la disciplina del celibato como primera medida del nuevo Papa, como si ése fuera su principal problema; o el de la Iglesia. Sospechar de toda inicial medida revolucionaria como santo y señal de los nuevos tiempos no es mal ejercicio. Estamos hablando al fin y al cabo de la Iglesia, de la Tradición y del magisterio.

No nos olvidemos de las frases que suenan bien y que dan sal y pimienta a las entrevistas, y que todo entrevistado deja en herencia al entrevistador. Pero que son eso. Estemos atentos también a lo que los cardenales, obispos, sacerdotes, dicen en las homilías, alocuciones, cartas pastorales, no vaya a ser que se nos pase algo interesante.

La algarabía con la que el disenso teológico y cierta comprensión humanista del cristianismo han acogido la renuncia de Benedicto XVI, esgrimiendo la dimensión humana del gesto, y olvidando la profundamente espiritual, que es lo que la hace humana –por cierto, con palabras de San Juan de la Cruz, esa "subida al monte"-, es una corriente demasiado fuerte y que suena muy bien en el escenario internacional de los medios.

Por tanto. Cuando leemos un titular de una noticia referida al papa, a la Iglesia, al Vaticano, son varios los presupuestos que debemos tener en cuenta y varias las preguntas que debemos hacernos.

No estaría de más ir primero a los textos completos y después a las versiones periodísticas. Habrá que leer con detenimiento las palabras del Papa y luego las informaciones de los medios.

Como ha dicho el asesor de comunicación del Vaticano, Greg Burke, hay que creer lo que dice el Papa, que, sin duda, tendrá más fiabilidad que lo que algunos dicen que dice el Papa.

El criterio ante la novedad de lo que ocurra, o de lo que ha corrido, no es la novedad en sí, sino el sentido en la continuidad, por tanto, en la tradición de la Iglesia. La fascinación por las dinámicas de los medios, y el sorprendente pistoletazo de salida con lo dicho por Benedicto XVI el pasado 11 de febrero, nos han metido en una serie en la que los medios tienen que mantener la atención del público, y de las audiencias, y seguir alimentando el reality show "Vaticano" por mucho tiempo. Hay quienes se han empañado en superar convertir a Daw Brown en aprendiz de brujo.

Hay que fijarse muy bien en las fuentes de los textos periodísticos, de análisis, en aquellas personas que hacen algo o que dicen algo. No vaya a ocurrir como con el famoso caso mundial del informe sobre el Vatileaks de los cardenales Herranz, Tomko y De Georgi. Resulta que el periodista que redactó el inicial reportaje, Ignazio Ingrao, de la Revista Panorama, aderezado después por el diario La Reppublica, y seguido por muchos, reconoce al diario italiano Ilssusdiario, que no tuvo acceso al informe de los cardenales sobre ese caso, sino que se trataba de una reconstrucción de lo que podría poner ese dossier.

No todo el que se dice analistas, experto, teólogo, vaticanista, informador, lo es. Y como no podemos pedirle sus curricula, estemos atentos a las tesis que subyacen en lo que dicen, por más datos que ofrezcan y por más aséptico que sea su lenguaje.

Y, sobre todo, una buena historia de la Iglesia, de los Papas, de la elección de los Papas, como lectura, durante estos días, no estaría de más. Mirando hacia atrás el lector atento se da cuenta que en esta historia hay un protagonista que no aparece pero que está. Vaya si está. Desde que Jesucristo dijera aquello de "Tú eres Pedro...".

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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