Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Evelyn Waugh y los católicos ingleses

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‘Nunca han de faltar en Inglaterra hombres que busquen su propia salvación y la de los otros hombres, ni ha de incumplir con ellos su Iglesia en tanto haya sacerdotes y pastores para apacentar su rebaño…’ Durante años casi ilimitados fue fácil reducir estas palabras de San Edmundo Campion de su condición de profecía a la expresión vehemente de un deseo. A partir del siglo XVI, el desarraigo de la fe católica en Inglaterra fue un trabajo de tanta determinación que el rebrotar del catolicismo en suelo inglés seguramente sólo pueda explicarse en términos de milagro o por la connotada fertilidad de la sangre de los mártires. La marejada de persecución contra los católicos de Inglaterra combinó como en pocas ocasiones la sistematización en la crueldad del poder y el aliento de los peores instintos del pueblo.

De Enrique VIII a Isabel I, la universalidad católica se vio suplantada por el particularismo anglicano, por la iglesia nacional como receptora de las lealtades de los fieles. Se unieron la corona y la cruz. El esplendor de la lengua inglesa en el Libro de Oraciones o en la Biblia del rey Jaime nunca apartó del todo la apreciación católica de las parroquias anglicanas como templos desertados por la divinidad, tras la gran reversión de haber domesticado la palpitación sin fronteras de la Iglesia y haber proyectado un Dios a imagen y semejanza de los hombres. Erradicar el catolicismo conllevó desustanciar el mensaje cristiano. También conllevó la muerte –por lo general muy cruenta- de hombres como Edmundo Campion.

Pasarían generaciones de oración, generaciones de lágrimas hasta que el catolicismo se normalizara en Inglaterra y alcanzara en los siglos XIX y XX una floración de piedad e intelectualidad escasamente parangonable. He ahí que entre las aportaciones características del catolicismo inglés –en buena parte un catolicismo de conversos- quedan como lecciones la experiencia del gozo de la fe y la consecuente mezcla de desparpajo y seriedad en su apología: ciertamente, no faltan nombres insignes, del cardenal Newman al cardenal Wiseman, de Hopkins a Belloc, de Chesterton a Muggeridge o Evelyn Waugh. Ninguno de ellos olvidó la generosidad hasta el fin de los mártires ingleses; ninguno de ellos olvidó el sentido de deuda hacia sus santos.

En la primera década del siglo XXI, las estadísticas muestran que –cientos de años después- el catolicismo ha vuelto a ser la religión mayoritaria en Inglaterra. Al término de su juicio inicuo, San Edmundo Campion pudo aún entonar otra profecía, esta con afán retrospectivo de elegía: ‘condenándonos, estáis condenando a todos vuestros ancestros –a todos los viejos sacerdotes, obispos y reyes-, a todo lo que alguna vez fue la gloria de Inglaterra, la isla de los santos y la más devota criatura de la sede de Pedro’. El testimonio de los mártires y la continuidad –esforzada, solapada- de la fe católica no sólo se tornaron fruto cierto sino que vinieron a demostrar que el catolicismo en Inglaterra nunca perdió su carácter nacional.

Este reconocimiento patrimonial y ejemplar del papel de los mártires, junto al recién aludido carácter nacional del catolicismo en Inglaterra, fueron dos de las guías que inspiraron a Evelyn Waugh en la redacción de esta vida de Edmundo Campion. Por entonces -1935-, Waugh llevaba un lustro de converso y el que iba a ser reconocido como uno de los mayores novelistas ingleses del siglo era tan sólo un escritor joven y con una brillantez que aún iba a conocer mucho recorrido. La solidez de la novelística inglesa todavía nos lleva a presumir que prácticamente cualquier novela inglesa tendrá la factura perfecta de un soufflé: la eminencia de Waugh en esta tradición subraya un dato de excepción como es que rara vez estuvo la hagiografía en tan buenas manos. Para el propio Waugh, escribir la vida de San Edmundo Campion –como escribiría la de Ronald Knox- tuvo algo de grato deber del corazón, de gesto de satisfacción obligada. Entre otras cosas, Waugh habitó durante años un Londres testigo de martirios en la Torre o en Tyburn y testigo también de un renacer en ese oratorio de Brompton donde el catolicismo volvió a tener su casa.

Con frecuencia se ha caído en la consideración del catolicismo de Waugh como una voluntad de estilo, como una voluta esteticista, quizá como la manifestación de la querencia inglesa por la excentricidad. Siempre está presente Retorno a Brideshead, donde ciertamente se llega de la elegía a la belleza: con todo, la novela no busca sino reflejar la presencia de la gracia en cada destino humano, esa confesión de Julia Flyte según la cual ‘no puedo estar fuera del alcance de Su misericordia’. Y si esta vida de Edmundo Campion no bastara para confirmar la firmeza de propósito de la fe de Waugh, será bueno acudir a su copiosa correspondencia, a la prosa –aun expurgada- de sus diarios, donde encontraremos al polemista sin cansancio o simplemente al señor que por cuaresma deja el vino aun cuando esto le suponga un pesar cierto. Ha habido una complacencia en los defectos de Waugh, como si tomáramos la complejidad de su carácter por donde más fácil resulta de caricaturizar: Waugh sería así un gruñón, un cascarrabias, un maleducado, un misántropo, un esteta con trastornos de grandeza, un arribista social, un desplazado, un chismoso, un reaccionario; un hombre, en definitiva, al que sólo se le perdonaría en virtud de su genialidad.

Seguramente Waugh se merece esta parcialidad menos que nadie pues con él la literatura inglesa llega al cenit del carácter que la hizo posible y la perpetuó: la expresión literaria como contención, como economía, como pasión bajo control. Toda su brillantez estilística quedará perfectamente ajustada en su cauce narrativo, en tanto que la envergadura simbólica de su novelística demuestra que, en el siglo que comienza con el Ulises de Joyce, la narrativa sigue teniendo su razón en la vieja tradición que va de Cervantes a Balzac y se remansa en Dickens. Evelyn Waugh es otro ejemplo de escritor que sabe domar su propia genialidad, su capacidad para el alarde, en beneficio de una obra. Esa contención –decíamos- es la que ha hecho la novela inglesa. En la vida de San Edmundo Campion tenemos una lectura con toda la capacidad de narración y dramatización, el sentido de la escena y el realismo de uno de los grandes.

En cuanto a su carácter personal, no cabe olvidar que Waugh viene de un humus característicamente inglés de doble aliento: estímulo de la libertad individual junto a respeto por la tradición. El hecho de que Waugh no fuera un santo no habla de la debilidad del ideal sino –como siempre- de la debilidad del hombre que sigue ese ideal. Evelyn Waugh puso buena parte de su libertad artística al servicio de la fe, con la naturalidad radical de un planteamiento según el cual Dios era un ingrediente fundamental en la vida de los hombres y por tanto su tratamiento se volvía inexcusable. En la vida de San Edmundo Campion, Waugh filtra su fe y su pasión a través de su inteligencia literaria y, precisamente por esto, esa fe y esa pasión se quintaesencian y adquieren realce. Es la limpieza del dramatismo sin sentimentalismo, como una cortesía. Si la ortodoxia católica ha tenido en el siglo XX manifestaciones tan sólidas como diversas, del profetismo de Bernanos a la jovialidad de Chesterton, de la poesía de Jammes a la vocación visionaria de Péguy, quizá no sea en vano acudir a la conversa inglesa Muriel Spark para hallar las aportaciones del catolicismo a la narrativa: Spark confesaría que sólo logró escribir novelas tras su conversión al catolicismo porque sólo el catolicismo le dio la perspectiva suficiente para contemplar la vida humana como un todo. En esta sabiduría literaria militaría Waugh.

A la Biblioteca Homo Legens le cabe la honra no menor de haber coadyuvado al interés creciente que Evelyn Waugh suscita en España. En el último quinquenio se han editado, frecuentemente por primera vez, novelas, libros de viajes, literatura memorialística; desde luego, queda todavía mucho camino por recorrer pues Evelyn Waugh no deja de ser el centro y el aporte de unidad de una familia que –de Arthur Waugh a Alexander, pasando por Auberon- ha sido pródiga en prosistas de prestigio, en temperamentos literarios de excelencia que llevan publicados cerca de doscientos libros a lo largo de las generaciones y que vienen a ser unas páginas privilegiadas del alto estándar literario y vital del mundo inglés. Basta una ojeada a la correspondencia de cualquier Waugh para apreciar cómo el rigor expresivo y afectivo del lenguaje realza el tono humano hasta erigirse en un cierto modelo de civilización indiciario de una sana sociabilidad intelectual y de la transmisión de valores por el continuum inglés de la lectura. Las tradiciones nunca son en vano.

La lectura de vidas de santos ha tenido, en el seno de la Iglesia Católica, esa otra naturalidad de la ejemplaridad didáctica. También es una tradición. Dicho de otra manera, los fieles católicos han estado siempre muy cercanos y –pongámoslo así- muy pendientes de sus santos, modélicos siempre en su imitación de Jesucristo sin perder por ello su perfil individual, un canon de lo humano que se deja permear por lo divino. El estímulo hacia la virtud se consolida por ser la lectura una forma primera de credulidad de inmediato corregida y aumentada por el espíritu crítico del lector. La combinación clásica de provecho y deleite que ofrecen las vidas de santos merecerá, en este sentido, el gozo de una adhesión sin crítica: Edmundo Campion será ejemplar en su virtud sobrenatural y será también ejemplar en su virtud humana, imitable por tanto en la determinación de su voluntad igual que en su docilidad a las mociones de la gracia. Si todos los santos han experimentado la cruz de la contradicción, el caso del jesuita Campion –intelectual, sacerdote, héroe y mártir, según Waugh- alcanza ritmos singularmente tensos de emotividad en tanto que podemos ver la decantación de un destino de brillo mundano hacia la aceptación del anonadamiento en la entrega. La del jesuita Edmundo Campion es una historia fascinante: más aún cuando la cuenta Evelyn Waugh.

Edmund Campion, por Evelyn Waugh. Homo Legens, 2009. 269 p., 16 E.

Ignacio Peyró