Martes 27/06/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Evangelización con los más pobres

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Ramiro Pellitero
Ramiro Pellitero

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Con un importante mensaje titulado “No amemos de palabra sino con obras” (13-VI-2017), el Papa Francisco ha instituido la “Jornada mundial de los pobres”, que se celebrará este año, por vez primera, el 19 de noviembre de 2017.

Se trata, afirma en la introducción, de “un imperativo que ningún cristiano puede ignorar”, sobre todo teniendo en cuenta el contraste “entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos”. Así de claro lo dice Francisco: “El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres”.

No se trata de un mero sentimiento de compasión más o menos auténtico que surge de nosotros; sino de una respuesta de amor a la entrega de Jesús por nosotros, que comienza por la acogida de la gracia de Dios, de su caridad misericordiosa, de manera que nos transforme por dentro, que nos mueva a las obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

Así lo entendieron desde el principio los primeros cristianos, haciendo suyas las enseñanzas de Jesús (cf. Mt 5, 3; Hch 2, 45; St 2, 5- 6, 14-17). Pero observa el Papa: “Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana”. Con todo, el Espíritu Santo ha asistido siempre a la Iglesia para recordarle los aspectos más esenciales del mensaje cristiano. Y no han faltado cristianos —como Francisco de Asís— que han dado su vida en servicio de los más pobres.

Y nos advierte Francisco: “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia”. Reconoce que estas experiencias son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan; pero deberían introducirnos a “un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”.

Se trata, sigue explicando, de las consecuencias de la auténtica oración, de la conversión y de la caridad, que llevan a la alegría y la serenidad espiritual cuando se toca con la mano “la carne de Cristo” en sus pobres. Es un argumento muy querido por Francisco, que retoma aquí en conexión central con la presencia de Cristo en la Eucaristía:

“Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles”. El Papa considera siempre actuales las palabras del santo obispo Crisóstomo: “Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez” (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).

Y traduce Francisco para nosotros: “Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma”.

El Papa argumenta sobre la pobreza no ya como situación de necesidad que hemos de tratar de resolver, sino también como virtud cristiana. Para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo una llamada, esto es, una “vocación para seguir a Jesús pobre”. Es un caminar que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). Significa, en palabras de Francisco, “un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales”. La virtud de la pobreza es “una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad”.

En este sentido –que comporta un desprendimiento concreto y una moderación en las cosas que usamos y tenemos, junto con la atención a los más necesitados– dice Francisco que la pobreza “crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia”. Nos da la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).

Insiste el Papa en esas dos dimensiones: por un lado, la virtud cristiana de la pobreza como actitud de desprendimiento y buen uso de los bienes materiales. A la vez, “la opción fundamental” por los pobres, el amor efectivo a los más necesitados, que lleva a esforzarse por ayudarlos de muchas maneras: “Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación”. Es la llamada, fuerte y apremiante, que Francisco hace a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad, que sienten en el corazón la urgencia de mejorar el mundo que hoy nos toca vivir, para entregarlo más humanizado a las generaciones futuras.

Incluso a los pobres, sea en sentido material o cultural, les señala la importancia de vivir cara a Dios y dar un testimonio cristiano, mientras procuran salir de su situación con nuestra ayuda: “A los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida”

Todo ello nos interpela a diario de muchas maneras. Por eso no podemos quedarnos inactivos o “resignados”, sino que debemos reaccionar y responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad. No podemos poner “peros” ni “condiciones”. Y hay que reconocer que en muchos aspectos nos falta tanto por andar en este terreno.

Pues bien, he aquí este gesto del Papa, simbólico si se quiere llamar así, pero importante, de instituir, como fruto y continuación del Jubileo de la Misericordia, una Jornada Mundial de los Pobres, destinada a estimular nuestra reacción ante los pobres, como cristianos y como personas.

En la línea de los signos, el Papa manifiesta además algunos deseos bien concretos: que en la semana anterior a esa Jornada se organicen encuentros de solidaridad y ayuda concreta; que se invite a los pobres y a los voluntarios a participar conjuntamente en la Eucaristía, como signo de la realeza de Cristo, que es realeza de servicio y de pobreza, en las que se manifiesta el poder del Amor; que se alimente a los pobres del vecindario, como invitados de honor de una mesa compartida por todos.

A ellos, a los pobres mismos, se les pide que, con su confianza y disposición, nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente, es decir, con sobriedad y alegría abandonados a la providencia de Dios, siempre sobre el fundamento de la oración, pues en el Padrenuestro pedimos el “pan” que se asocia a la responsabilidad común.

A todos nos pide Francisco que apoyemos para que con esta Jornada mundial se establezca “una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo”; que se convierta para nuestra conciencia creyente “en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda”. “Los pobres —asegura— no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”.

iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com