Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Europa, tierra de misión

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Comencé a escribir estas líneas el viernes 23, fiesta de santa Brígida de Suecia, una mujer de características singulares y de enorme actualidad por la conexión que realizó desde la periferia, el norte de Europa, con Roma, en pleno y agitado siglo XIV, con los Papas aún en Avignon. Se comprende que Juan Pablo II la nombrara copatrona de Europa, con santa Catalina de Siena y santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

Bien necesita el viejo continente recuperar la savia cristiana de sus raíces después de siglos de creciente deterioro. Me parece recordar –cito de memoria que Alain Touraine dictó la conferencia de apertura del Congreso Mundial de Sociología que se celebró en Madrid hace veinte años. Hablaba de tradición y modernidad, pero venía a decir que la reiterada contraposición entre Ilustración y tradición celaba en el fondo la animadversión del racionalismo hacia la religión.

Se prometía que la liberación del dogmatismo religioso daría paso a una nueva época de prosperidad, progreso y paz, siempre con base en la ciencia y en la libertad. Pero el siglo XX se encargó de alumbrar los dos absolutismos quizá más letales de la historia: el comunismo y el nazismo. Se comprende el posterior desencanto que llevó hacia el pensamiento débil de la cultura postmoderna, que debía arrumbar al fin los absolutos. Pero fue penetrando poco a poco, como señaló claramente en su día Allan Bloom, la dictadura de lo políticamente correcto, que es cada vez más lo socialmente impuesto. Se entremezcló pronto con los fundamentalismos, tanto el laicista heredero de la modernidad, como el más peligroso del islamismo. En ese contexto, Europa comenzó cierto declive intelectual del que no se ha recuperado.

Hace falta, por tanto, una renovación del pensamiento, mucho más allá de exabruptos a lo Oriana Fallaci, comprensibles, pero imposibles de compartir. En cambio, el magisterio de Gaudium et Spes, convenientemente desarrollado por Juan Pablo II y Benedicto XVI, ofrece inspiraciones abundantes y profundas para reanudar el camino con bases más firmes.

Me parece que ese es el contexto del importante anuncio que hizo el 28 de junio el Papa, en la Basílica de San Pablo Extramuros, durante las vísperas de los santos Pedro y Pablo: “he decidido crear un nuevo organismo, en la forma de ‘Consejo Pontificio’, con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de ‘eclipse del sentido de Dios’, que constituyen un desafío a encontrar los medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo”.

Como viene repitiendo Benedicto XVI, “el hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo”. De ahí la responsabilidad de los creyentes, cada uno desde su sitio, de aportar luces nuevas, en la estela de los primeros cristianos.

La novedad, según reitera el Papa, no está tanto en los contenidos, como en el impulso interior, abierto a la gracia del Espíritu Santo. No deberíamos olvidar que lo cansino está del lado de las fuerzas del mal, que se repiten hasta el aburrimiento. En cambio, el Espíritu, como invoca una oración clásica, renueva todas las cosas, también la vida de los cristianos. Les hace capaces de encontrar modalidades que “sean adecuadas a los tiempos y a las situaciones”.

No deja de ser significativo que Benedicto XVI haya anunciado esa decisión en la misma fecha, siete años después, en que Juan Pablo II firmó su Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, que era un llamamiento, después del anterior Sínodo de Obispos celebrado en Roma, para dar testimonio de Cristo en los países del viejo continente, y ayudar a sus habitantes a recuperar la fe en sus más profundas raíces. Sin duda, este año jacobeo está contribuyendo desde Compostela a actualizar ese importante mensaje.

Salvador Bernal