Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Los Espiritistas - Una invitación a R. H. Benson

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Esta es la invitación a la lectura que figura a modo de somero prólogo para la reciente traducción al español de The Necromancers, de R. H. Benson.

El afán de verdad que recorre la vida y la obra de Robert Hugh Benson (1871-1914) le llevó a culminar en sólo cuarenta y tres años una copiosa producción intelectual marcada por la conjunción de la excelencia prosística y el vigor –y el rigor- apologético. En el momento en que se cumple un siglo de la mayor parte de las obras de Benson, editoriales como la Bibliotheca Homo Legens han tenido el acierto de emprender la traducción de la parte fundamental de los cerca de treinta libros –entre novelas, ensayo y testimonio, teatro y poesía lírica- que Benson pudo concluir en un camino vital que afrontó con la audacia admirable de quien se convierte al catolicismo siendo hijo del arzobispo de Canterbury, cabeza de la iglesia de Inglaterra, sin temor al notable descrédito a su reputación que por entonces conllevaban aún las conversiones. Una cierta ironía de la Historia ha querido que, cerca de cien años después de la muerte del clérigo Benson, aquella Gran Bretaña que había recibido el apelativo de “isla de los santos” en tiempos previos al cisma, tenga de nuevo a la Iglesia Católica Romana como la más concurrida de las confesiones, en tanto que las parroquias anglicanas –sufrientes, como toda su iglesia, de cierta confusión doctrinal- van quedando como salones de té para la tercera edad.

Tan mal conocido, incluso tan silenciado durante décadas, el tiempo ha hecho de Robert Hugh Benson una de las figuras más señeras de esa veta tan valiosa, históricamente rica y compleja, del catolicismo inglés. Un catolicismo inglés admirado durante siglos en el orbe católico por el ejército de mártires –notablemente jesuitas- que dio a partir de los tiempos en que la obediencia romana fue desarraigada a sangre y fuego de suelo británico y, también, un catolicismo que representa un hito intelectual valorado por sus obras –aquella magnífica traducción de la Biblia de Douai en el siglo XVI- tanto como por sus fieles recluidos en los condados más remotos del Lancashire, y el número de conversos que, del siglo XIX en adelante, no han dejado de enriquecer el patrimonio espiritual de los católicos de todo el mundo. Ahí tenemos, si no, las figuras hoy tan leídas del santo cardenal John Henry Newman, del Chesterton alegre, orondo y paradójico, de Hilaire Belloc y su fulgor profético, de Evelyn Waugh y su poderoso reclamo estético, de la figura de elegante pescador de hombres del padre Alfred Gilbey, del ardor incansable del cardenal Wiseman, del lirismo sobrenatural de G. M. Hopkins o de la presencia mediática del escritor Malcolm Muggeridge, ya en tiempos más recientes. Tanta pujanza de pensamiento y vida ha tenido como conclusión –entre otras cosas- que hoy la voz del primado católico de Westminster tenga mayor autoridad y audiencia que la de su contraparte de Canterbury. Durante el papado de Benedicto XVI, la vocación romana de tantos pastores –y tantas diócesis- del anglicanismo ha propiciado la promulgación de una Constitución Apostólica para los miembros de la Comunión Anglicana que busquen reintegrarse a Roma. Es, de nuevo, la columnata de San Pedro como abrazo abierto al mundo. Cuando Benson –tras no poco peregrinar- respondió a ese abrazo, estaba iniciando el camino que le iba a situar en esa selecta estirpe del espíritu de los escritores católicos ingleses.

En sus admirables Confesiones de un Converso, Benson escribe: “durante veinticinco años viví en un ambiente clerical, y durante nueve años fui pastor en una ciudad. Mi padre era la cabeza espiritual de la Comunión Anglicana de Inglaterra, por lo que mi formación religiosa fue muy completa”. De acuerdo con el predominio antipapista de su época, el joven Benson refiere que “los católicos romanos, creía yo, eran claramente corruptos y decadentes; eran los ritualistas y los contaminados, en tanto que los protestantes eran radicales, ruidosos extravagantes y vulgares”. Benson tenía, por tanto, que encontrar una fe vividera según su afán de verdad: antes de dejarse deslumbrar por la luz de Roma, había seguido el itinerario habitual de la mejor clase inglesa, con sus comienzos en Eton –escuela oficiosa de la gentry-, estudios de Clásicas y Teología en el Trinity College de Cambridge y –al fin- ordenación sacerdotal, de manos de su propio padre, en el seno de la iglesia nacional inglesa.

Era 1895 y, al año siguiente, a resultas de un viaje al clima benéfico del Oriente Próximo para recuperar su salud, comenzó a sentir cierta inquietud intelectual en torno al catolicismo, inquietud alimentada por su adscripción al ritual de la Alta Iglesia anglicana, comparativamente más próximo a los usos romanos. Así cuenta Benson su primera intuición de la luz: “un día, (estando en Egipto) dando un paseo, entré, por pura curiosidad, en la iglesia católica del pueblo. Se hallaba rodeada de casas de adobe, no daba al visitante ninguna impresión de esa solidez y seguridad que suele proporcionar lo europeo, y su interior era poco atractivo. Sin embargo, ahora creo que fue allí donde algo parecido a la fe católica se agitó en mi interior. Obviamente, la iglesia formaba parte de la vida del pueblo. Estaba abierta, como las demás casas árabes y, aparte de sus fallos artísticos, era exactamente igual a otras iglesias católicas... Allí me planteé, por primera vez, la posibilidad de que Roma estuviera en lo cierto y de que fuéramos nosotros los equivocados. Mi desdén por la Iglesia católica empezó a impregnarse de respetuoso temor”. Después, “en Damasco recibí un nuevo golpe al enterarme por el periódico The Guardian de que el predicador al que debía todos mis conocimientos de lo distintivo de la doctrina católica se había sometido a Roma. Es imposible describir la sorpresa y el horror con que encajé la noticia”.

El peregrino, el inquieto Benson, intentó saciar primero ese afán de verdad que se agitaba en su interior con su ingreso en una comunidad monástica del anglicanismo, llegando a profesar en la Comunidad de la Resurrección. A partir de entonces, la misma mecánica de sus trabajos intelectuales le llevó –como al gran mártir inglés del XVI, san Edmundo Campion- a ser “pescado por la cabeza” por la Iglesia Romana, en una de esas conversiones intelectuales notablemente impermeables al desaliento: “ahora puedo decir que retornar desde la Iglesia católica a la anglicana sería cambiar la certeza por la duda, la fe por el agnosticismo, la sustancia por las sombras, la luz brillante por la oscura penumbra, el hecho universal por una doctrina provinciana y carente de historia”. Con todo, el propio Benson reconoce que el paso dado no fue fácil; que, por el contrario, supuso un importante desgaste espiritual: “no creo que, en general, los polemistas católicos lleguen a comprender lo que un anglicano tiene que padecer antes de ser admitido en la Iglesia católica... Me refiero, sobre todo, a los conflictos internos... La perspectiva de cambiar de Iglesia supone perder lo más íntimo, lo más querido y conocido, para caer en un desierto descomunal, donde uno siempre será observado”. Benson, en fin, se abandonó a la llamada del Absoluto: en 1903, era admitido en la Iglesia Católica, y en 1904 recibía las Órdenes Sagradas. Para entonces, ya había publicado su primera novela y, hasta 1915, seguiría un ritmo de publicación de dos libros al año. Como la novelista conversa Muriel Spark, Benson bien podría haber afirmado que sólo logró escribir novelas tras su ingreso en la Iglesia Católica, porque sólo el catolicismo le aportó la perspectiva suficiente para contemplar la vida humana como un todo.

El ya sacerdote Benson pudo vivir frugalmente de sus éxitos literarios –Señor del Mundo, Alba Triunfante, y esta misma novela, Los Espiritistas- en su aparte de Hare Street, en una pequeña aldea no lejos de Cambridge. La casa de Benson pronto sería un lugar de irradiación fecunda, de vibración intelectual católica, pero el clérigo nunca quiso quedarse encerrado. Si sus obras volaban –fue traducido repetidas veces al español-, él mismo era consciente de que su vocación más profunda le apartaba de las tareas de cura de almas en una parroquia en favor de una predicación más general, por lo que con este propósito viajó repetidamente a Roma y a Estados Unidos, empleándose con brillantez en el género homilético. Es posible que su ritmo extenuante de trabajo, su entrega absoluta a su labor, precipitaran lo temprano de su fin. Como fuere, en Benson se cumplió aquella voz de profecía del mártir Campion, que sigue retumbando por los siglos: “nunca han de faltar en Inglaterra hombres que busquen su propia salvación y la de los otros hombres, ni ha de incumplir con ellos su Iglesia en tanto haya sacerdotes y pastores para apacentar su rebaño…”

A partir de su propia experiencia, Benson fue lo suficientemente ducho como para tratar y pastorear a no pocos conversos, estamento este que daba en atravesar vicisitudes en la vida espiritual a las que los católicos de crianza eran menos susceptibles. No poco de esta preocupación se transparenta en las páginas de Los Espiritistas, una de las novelas de mayor éxito del padre Benson, que lejos de ser literatura de tesis, es el reflejo fiel de la historia de un alma cuya propia avidez espiritual le puede llevar a tomar los caminos menos cabales. Lo que era la moda del espiritismo de Allan Kardec y sus discípulos en el Londres de comienzos del siglo XX –algo así como un código de pensamiento a la moda y para la gente bien- hoy reaparece con panteísmos recauchutados, religión a la carta, narcisismos espirituales de índole diversa y supersticiones viejas con nombres nuevos. Los Espiritistas se aleja de las utopías y las visiones escatológicas –El Señor del Mundo, Alba Triunfante- que tanta fama han dado a Benson, para narrar una historia en la que el amor humano llega a alcanzar un papel de salvación sin renunciar a su cotidianidad –a su gloriosa cotidianidad, diríamos. Todo ello, servido en una prosa singularmente sabia en lo concerniente al carácter y las pasiones humanas, y asimismo enamorada de esas pequeñas epifanías de la Creación, como pueden ser una tarde de primavera o una noche de verano en los famosos jardines de aquella Inglaterra que Benson amó con corazón universal, católico.

Ignacio Peyró