Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Esclerosis eclesial

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¿Existe un problema de autoridad en la Iglesia? ¿Es, acaso, un problema de autoridad en el ejercicio episcopal, en el gobierno de los institutos religiosos, en las asociaciones de fieles, cofradías…? No hace muchos días, a raíz de lo sucedido en una querida diócesis con la destitución inesperada de un prestigioso párroco, por causa, según se sabe, de cuestiones económicas, un anciano sacerdote se lamentaba de que si el obispo sólo se preocupaba por el dinero, la administración, la curia, la preservación del poder social, y no de la doctrina que se predica y la liturgia que se celebra, algo está fallando. Una forma de manifestar la ocupación y la preocupación es, sin duda, la del ejercicio del gobierno. Se podría decir “dime qué decisiones tomas y sobre qué temas y te diré cuál es tu jerarquía de valores”.

El problema de la ausencia, del no reconocimiento, de complejo ejercicio de la autoridad, es un mal de nuestro tiempo. No hace falta que recordemos las definiciones clásicas de autoridad, de ese saber socialmente reconocido. Una cuestión es el ejercicio de la autoridad en sí, como exigencia de la naturaleza y de la misión del ministerio del gobierno, y otra, las formas del ejercicio de esa obligación de decisiones de autoridad. En no pocas diócesis se dan problemas de disciplina, problemas serios doctrinales, de incoherencia de vida, de escándalo público, y pasan los años sin que se tomen las medidas oportunas. Medidas que ni son, ni tienen que ser, las entendidas socialmente como radicales por eso de que la ideología de un Evangelio difuso y gnóstico que genera esclerosis. Cuando se habla del ejercicio de la autoridad también se está haciendo referencia a los métodos del diálogo.

Quizá el problema es que la concepción de la autoridad sobre las materias objeto de toma de decisiones comporta la existencia de un límite, tanto en el incumplimiento de lo debido como en los efectos que produce esa situación irregular. En la Iglesia, el Derecho Canónico es garantía del derecho de los fieles a que la doctrina sea la de la Iglesia católica, a que la liturgia sea la de la Iglesia católica. Cuando los fieles reclaman el ejercicio de la autoridad, lo que están reclamando, no es, ni más ni menos, que la coherencia entre lo que se predica y lo que se practica.

Benedicto XVI, una vez más, es un ejemplo. Sería impensable que decisiones recientes sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes se hayan tomado sin una certera comprensión de la autoridad episcopal. En la práctica, querámoslo o no, existe una generación de nuevos obispos que no le tiene miedo al ejercicio de la autoridad, con lo que se están creando varias velocidades en la Iglesia española. La época en la que una insuficiente comprensión del Concilio Vaticano II, que significa claudicación del ejercicio de la autoridad, ya ha pasado. La autoridad no es autoritarismo, ni despotismo, ni tiranía, ni fundamentalismo. La autoridad es coherencia; también, ejercicio de razón en cuanto lo es de orden. El miedo a las consecuencias del ejercicio de la autoridad no está alejado del miedo a la verdad. La autoridad es, simplemente, un cualificado ejercicio de paternidad. La Iglesia en España no está de rebajas.

José Francisco Serrano Oceja