Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Ecología humana y revolución cultural

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La idea de que el hombre procede del azar no es más que una afirmación voluntarista, imposible de demostrar científicamente, y que requiere una dosis inmensa de negación de las evidencias. El azar, o el destino ciego de los mitos antiguos, no puede ser respuesta a un mundo que despierta en los hombres un anhelo universal hacia “todo” lo Bello, lo Bueno, lo Verdadero –continuamente y desde siempre– y también un anhelo de sentido. Cuando falta ese sentido de una “casa común” –la tierra– se provoca en el hombre la sensación de una soledad paradójica (paradójica porque ¡somos millones de personas que tenemos mucho en común!). Y en el que cae en esa soledad paradójica, se le desatan fácilmente los instintos de dominio sobre los demás y sobre las cosas; instintos que, si se dejan sueltos, acaban por destruir no sólo la naturaleza –que se revuelve en guerra contra el hombre–, sino civilizaciones enteras.

Todo ello apunta a que, en relación con la tierra, la “cuestión” de Dios es decisiva. En su mensaje para la Jornada mundial de la paz (1-I-2010) Benedicto XVI señala que, según el Génesis, el mundo es un regalo de Dios que quiere hacer participes de su ser, sabiduría y bondad a todas las criaturas. Y en la cima de ellas ha situado al hombre y a la mujer, como representantes suyos para el cuidado y la administración de la tierra. La tierra, es, así, una regalo de Dios a la familia humana. No es extraño, por eso, que sólo desde una comprensión natural y cristiana de la familia –como la que manifestaron hace pocos días en Madrid muchos miles de personas– la tierra pueda ser gestionada con “responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras”.

En cambio, “cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad”. Por eso con agudeza sostiene el Papa que la humanidad necesita “una profunda renovación cultural” que redescubra los valores sólidos para edificar un futuro mejor. “Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando –añade– son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí”. De ahí se impone adoptar un “modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso”.

Observa Benedicto XVI que “el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras o de la búsqueda de intereses económicos miopes”. Esto afecta no sólo a los dirigentes de la sociedad, sino que, también a nivel doméstico y personal, “toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral”, como dice Caritas in veritate (n. 37). Por eso “la cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común”. Insiste en que “ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida”. De modo que, con palabras de Juan Pablo II, en ese nuevo estilo “la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones”. Una meta concreta, que quizá no sea utópica, es el desarme (nuclear) progresivo.

La naturaleza no se estropea por sí misma, sino que somos nosotros los que la estropeamos. Como tesis central de este mensaje –que hemos intentado sugerir en nuestro título– puede tomarse ésta: “La degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana”. Por tanto, “cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia” (Caritas in veritate, 51). Se señalan en el texto del mensaje también principios concretos para esta revolución cultural y pedagógica que comporta una “ecología humana”: el respeto de los jóvenes a sí mismos, la inviolabilidad de la vida humana en todas sus fases y condiciones, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia; la denuncia del “biocentrismo” y el “ecocentrismo” (el situar la biología y la tierra por encima de la persona humana). Este último planteamiento, particularmente, conduce a un naturalismo neopagano y panteísta.

Cuando Dios se borra del horizonte, puede que sólo se confíe en la naturaleza misma para salvarnos. Pero, contradictoriamente, la adoración de la naturaleza puede volverse en guerra contra nosotros (hay cariños que matan). Y entonces nos encontraríamos con lo que ya Heráclito de Éfeso (ss. VI-V a.C.) dijo que no podía ser la naturaleza: un “montón de desechos esparcidos al azar”. Lo peor es que esos desechos no sean en absoluto inofensivos; que entre ellos pululen perros rabiosos rodeando a unos pocos hombres “residuales”, que tienen que ponerse un rótulo como el de la película “Soy leyenda” (I am legend, B. Sonnenfeld, 2007), para defenderse contra una naturaleza que se ha vuelto hostil y amenaza con convertirse, ella misma, en un cementerio de la humanidad.

“Si quieres promover la paz, protege la creación”, es el lema del mensaje papal. Implica toda una reflexión sobre la relación entre Dios, las personas y la naturaleza. Toda una renovación –¿o revolución?– cultural.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra