Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Don Ricardo y la verdad tranquila

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Mucho se ha dicho, se ha especulado y se ha escrito sobre el nombramiento de monseñor Ricardo Blázquez como arzobispo de Valladolid. Ya se sabe, por un lado discurren los hechos, por otro se escapan las interpretaciones. Pero una pregunta continúa sin respuesta: ¿Se puede decir que el nombramiento de monseñor Ricardo Blázquez es el primer nombramiento de monseñor Manuel Monteiro de Castro como secretario de la Congregación para los Obispos?

En no pocas ocasiones el nombre del hasta ahora obispo de Bilbao había protagonizado ese insano ejercicio de las quinielas episcopales. Hubo quienes, en un afán no de dar a cada uno lo suyo, sino de dar a alguien en contra de alguien, sembraron la especie de que a don Ricardo se le iba a nombra arzobispo a título personal, como si en la Iglesia los nombramientos fueran una especie de Oscar de la Academia de chismes eclesiásticos. En todo sistema social que se precie, según los más acreditados estudios sobre el rumor, la intencionalidad de lo que se suelta por los canales de la información suele ser un interesante criterio de discernimiento. Es cierto que don Ricardo fue Presidente de la Conferencia Episcopal siendo obispo de Bilbao. Tiempo propicio para estrechar las relaciones con quien entonces era Nuncio en España. Tiempo para el descubrimiento mutuo, para las confidencias compartidas y para los silencios comentados. Pero el tiempo ha demostrado que si don Ricardo se caracteriza por una virtud es por la del abnegado y gozoso trabajo callado como marca de su servicio a la Iglesia.

No debemos olvidar que, después de unos años como obispo auxiliar del cardenal Rouco en Santiago de Compostela, por eso de que Salamanca une más de lo que parece, le tocó la nada fácil labor de sustituir a un obispo carismático –y algo más- donde los haya, en Palencia, a monseñor Castellanos. Don Ricardo siempre ha sido apreciado por todos, es decir, por los unos y por los otros. Por casualidad tengo delante el libro “El legado espiritual del Vaticano II, visto por el Sínodo”, que recoge las conferencias de la XII Semana de Teología espiritual de Toledo (junio-julio 1986), aquellos encuentros que organizaba el cardenal Marcelo González Martín y que servían de muro de contención de las corrientes de la hermenéutica de la ruptura en la España de entones. Allí estuvo don Ricardo para hablar de la “Ecclesiología de comunión”.

Ahora le toca la nada fácil tarea ser arzobispo en una región vieja y pobre y empobrecida, en personas, en iniciativas, en recursos. Con un vasto patrimonio –de herencias no se vive-, Valladolid y Castilla la Vieja necesitan un impulso que les conduzca más allá del pozo de la Samaritana, hacia el camino de Emaús. Es poca la distancia entre Valladolid y Salamanca, con lo que no será extraño que don Ricardo vuelva a su “alma mater”. Y tampoco será ajena a su ministerio esa esperanzada tranquilidad de orden, de la verdad, que le caracteriza, con la que tanta semilla de bien ha sembrado.

José Francisco Serrano Oceja