Miércoles 23/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Don Manuel existe

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Volvamos al Jueves Santo, a la Misa Crismal en la Basílica vaticana, a ese aldabonazo en la conciencia sacerdotal de la Iglesia que Benedicto XVI propugnó como parte de la verdadera reforma. Y volvamos ahí porque los ecos de esa homilía han alcanzado hasta lo más profundo del alma de los fieles cristianos. Palabras oportunas para tiempos de inclemencia, palabras que dicen verdad, que son verdad, que alientan y alimentan la esperanza. Palabras que purifican y que ayudan a superar una historia que, por repetida, no deja de ser menos dramática. "Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: "Mi doctrina no es mía" (Jn 7,16). No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores", insistió el Santo Padre.

El Papa tenía razón, y su homilía era la homilía para este tiempo. Tengo que confesar a los lectores que, en estas fechas, he vivido en el pueblo de Valverde de Lucerna, o en San Martín de Castañeda, o como lo quieran imaginar. Eso..., qué más da la diócesis, la Iglesia, la comunidad de pacientes y humildes hermanas de la claridad, las más de colores de espontánea catolicidad. Qué más da las piedras del templo, que ya no se escandalizan; la fe de la gente sencilla, que lo aspira todo. ¿De verdad da igual?

Y allí he conocido esta Semana Santa a don Manuel, a don Manuel bueno, a don Manuel mártir. Alertado por el rector de mi alma Mater, gracias don Miguel, doy fe de que a la hora de rezar el Credo y de hacer la renovación de las promesas del bautismo en la Vigilia Pascual, don Manuel hizo varios silencios. Por ejemplo, la confesión de la Virginidad de María. Más silencios, espadas de conciencia, ahora de pensamiento, como si fueran figuras retóricas que anuncian muerte. En la homilía de la noche de la luz, de la fe, de la esperanza, he oído lo dicho y lo que no dijo que se quería decir, que no se podría explicar la resurrección, como tampoco la existencia de Dios, y que para eso estaba la fe, pero que la fe era luz en el silencio. Viernes santo de la razón, de nuevo.

¿Qué ocurre cuando la vida supera a la literatura? Me encontré, en los oficios de la Iglesia santa, de la Iglesia madre, de la Iglesia maestra, contradicción, paradoja sobre nueva paradoja, mutis en la realidad, en la razón y en la fe. Ahora sí, que no falte el sueño, la utopía, sonrisas y lágrimas, humanismo rebajado con gaseosa de manifiestos en favor de lo más parecido a la paz perpetua de los deseos. ¿Es eso el cristianismo?

Mientras, entre las horas de solaz familiar, leía el magnífico alegato en defensa del celibato de Johann Adam Möhler, en versión de los profesores Pedro Rodríguez y José R. Villar. Leí aquello de que "de ahí que los mismos en quienes se ha producido el referido odio al celibato, rara vez sean capaces de describir su génesis. Es por lo que me atrevo a proponer en general, a los contradictores, que se planteen abiertamente cuál era su verdadero estado de ánimo ante el Evangelio y la doctrina de la Iglesia, cuando surgió en ellos la oposición al celibato, y cuál es en la actualidad. (...) La tesis, según la cual, la batalla contra el celibato, que tenía como objeto mejorar el estado del clero, allí donde ha prendido, lo que ha hecho en realidad es empeorarlo. Demostrarlo es sumamente fácil".

En medio de la gente, rezaba por don Manuel, por san Manuel bueno y mártir, de quien doy fe que existe, lo he visto, lo he oído y no me acostumbro a creerlo.

José Francisco Serrano Oceja

jfsoc@ono.com

“Somos
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