Viernes 18/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Desmemoria

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Un artículo de...

Emilio José Martínez González
Emilio José Martínez González

Profesor del Teresianum de Roma

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Mirada con buena voluntad, la “Ley de Memoria histórica” tenía en el fondo un motivo justo: era deseable que, quienes habían perdido a sus seres queridos, pudiesen localizar sus restos y darles una sepultura digna. Por desgracia, este no era el único objetivo de dicha ley.

Entre sus fines principales se encontraba el de hacer desaparecer cualquier vestigio que recordase a los vencedores de la guerra civil y ese fin ya no parecía tan limpio ni tan justificado.

Al morir Franco, España se encontró en el dilema de volver atrás en el tiempo y replantear la situación que llevó a la contienda de 1936-1939 o mirar hacia delante y tratar de instaurar un sistema democrático de tolerancia, basado en el diálogo y la reconciliación. La iglesia tuvo un papel capital en aquel proceso y contribuyó a que, españoles de uno y otro lado, se dieran la mano decididos a trabajar juntos para mejorar la situación del país. Los últimos años 70 y los primeros 80 fueron sin duda tiempos cargados de esperanza, en los que dejar atrás el miedo, aun conviviendo con la horrible lacra del terrorismo que tantos hombres y mujeres inocentes dejó en el camino.

Sin duda por intereses políticos, el pasar de los años hizo que se fuesen olvidando lo principios sobre los que se estableció nuestra reconciliación como país. Interesaba presentar el período franquista como una terrible dictadura, creo honradamente que no tanto por amor a la verdad histórica, sino porque a dicha presentación seguía una identificación de la derecha actual con el franquismo, totalmente absurda e injustificada, pero que ha calado bien hondo en la sociedad española. Tanto que incluso personas a las que uno asignaría un perfil intelectual alto sin dudarlo un momento, continúan escribiendo convencidos que la derecha española es heredera del franquismo y que partidos como “Ciudadanos” representan una derecha libre de esas trabas. No es ese el problema del principal partido de la derecha, el PP, sin lugar a dudas. Los casos de corrupción que asedian a muchos de sus dirigentes, “presuntamente”, sí son un problema verdadero, para el partido y para la sociedad española.

Lo malo de alimentar una bestia es que crece, y se va de las manos.

La actual situación política no augura nada nuevo. Por centrarme en la cuestión eclesial, sin ánimo de ningún victimismo, fui testigo directo del acoso al que fuimos sometidos los peregrinos de la JMJ de Madrid en 2011, no solo en las calles, sino también en algunos programas de actualidad en los que se tildaba a Benedicto XVI de nazi sin el más mínimo rubor. Luego han venido los asaltos a capillas universitarias, al propio Cardenal Rouco, las agresiones en muchos medios de comunicación e incluso algunos atentados en templos significativos, así como las profanaciones de no pocas iglesias y sagrarios… También la iglesia en España, que tanto hizo por la transición, ha sido señalada como heredera del franquismo y el ambiente anticlerical se ha disparado hasta límites insospechados solo hace unos pocos años.

Y así, llegamos a hoy: la placa que conmemora el martirio de ocho religiosos carmelitas de la Antigua Observancia en el Cementerio de Carabanchel es retirada por empleados del ayuntamiento por ser un vestigio franquista. Un error, dirá más tarde la portavoz del gobierno municipal de Madrid; un error subsanado que hay que perdonar y comprender. Un síntoma, diría más bien yo, un síntoma de un modo de hacer las cosas que deja más espacio al rencor y a los prejuicios que a la reconciliación y a una verdadera memoria histórica.

Los errores se perdonan, por supuesto, pero de ellos se siguen responsabilidades y alguien debería asumirlas en este caso. Retirar el recuerdo de ocho jóvenes inocentes brutalmente asesinados, martirizados por su fe, haciendo recaer sobre ellos y su memoria -sí, ellos también merecen memoria-, el estigma de colaboradores con una dictadura, con un golpe de estado, con toda esa parafernalia de discursos sobre el pasado que no revelan sino el rencor presente, es algo grave, muy grave.

Dirán que soy exagerado ¡Solo eran unos frailes, sin relevancia alguna! Así, poco a poco, vamos camino de la desmemoria. Ojalá fuera solamente eso.

“Somos
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