Miércoles 18/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Dar razón de la propia esperanza

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Comienzo a escribir esta columna al caer la tarde del sábado 22, fiesta de santo Tomás Moro. Le hemos recordado con admiración varios caminantes que recorríamos apaciblemente la senda Victory, en el valle de la Fuenfría, entre Navarrulaque y la llamada Ducha de los alemanes, en el arroyo de La Navazuela.

Moro vivió tiempos de crisis de cultura y de civilización: con los turcos a las puertas de Viena, como escribió en un gran libro, menos conocido que otros suyos, el Diálogo de la fortaleza contra la tribulación (ya descatalogada, por desgracia, la traducción al castellano). Sus escritos y, sobre todo, su vida pueden constituir un punto de referencia en los tiempos actuales. Lo reflejaba bien la premiada película de Fred Zinnemann, de 1966, Un hombre para la eternidad (A man por all seasons).

El gran humanista inglés fue también un hombre práctico: consiguió poner al día los procesos de la cancillería real; eran otros tiempos, ¿pero se imaginan un Tribunal Supremo de justicia sin ningún asunto pendiente? ¡Qué gran lección de ética! Manifestaba la eficacia de sus convicciones. Y, cuando llegó el conflicto radical entre la fe a Dios y la lealtad al monarca, expuso su criterio con valentía, rigor y altura intelectual y humana: encarnó modélicamente el famoso pasaje de la primera epístola de Pedro, 3, 16, que invita a los creyentes a dar razón de la propia esperanza, con mansedumbre y respeto.

De un modo tan distinto como eficaz, viene reiterando ese modelo el papa Francisco, en sus homilías diarias, en las audiencias y en los diversos mensajes. No cesa de invitar a los fieles a secundar el Evangelio, saliendo de los propios egoísmos y circunloquios para llegar a la "periferia": al mundo entero.

Mucho se escribe sobre el "efecto Francisco". Con razón. Porque vivifica criterios básicos sobre la transmisión de la fe, que más de uno consideraba periclitados. Al contrario, sus gestos y sus enseñanzas confirman la vitalidad de un Magisterio basado en los dos pilares de la Tradición y la Escritura. Como proclama casi de entrada el vigente Catecismo de la Iglesia (CEC 74), "Dios 'quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad' (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (cf Jn 14, 6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo".

A veces se olvida algo tan sencillo como que apóstoles y primeros cristianos cumplieron el mandato del Señor de dos maneras: oralmente, con su predicación, su ejemplo y las primeras creaciones institucionales; y por escrito, trasladando a papiros y pergaminos el mensaje de la salvación, bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. CEC 76).

Frente a la gran ruptura de la sola escritura de Lutero, el Concilio Vaticano II reiteró que la Tradición y la Sagrada Escritura "están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin" (Dei Verbum, 9). Constituyen dos modos distintos de transmitir el mensaje. Conforman el "depósito de la fe", confiado a la Iglesia, especialmente a la jerarquía, pero sin olvidar el gran principio del sensus fidei, esa adhesión de la inmensa mayoría de los fieles que precede y acompaña al Magisterio, evocada por CEC 92. ¿Cómo no recordar el desbordamiento de la alegría popular en Éfeso, al conocer la esperada y deseada decisión conciliar en 431 sobre la Maternidad divina de María?

Al cabo, frente a estereotipos y simplificaciones, vale la pena repetir, con CEC 86, el texto de DV 10: "El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído".

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