Jueves 24/08/2017. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Contradicción cultural anglosajona sobre el secreto de la confesión

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

Más artículos de Salvador Bernal »

Durante mucho tiempo la cultura anglosajona se caracterizó por cierto hiperrespeto a la intimidad personal. El concepto de privacy –hoy difundido en su traducción liberal‑ chocaba con la mentalidad más abierta de otras regiones, especialmente las mediterráneas. Por eso, sorprenden noticias de Australia o Estados Unidos, que supondrían un giro radical, manifestado en la dispensa del secreto de la confesión, cuando el penitente haya cometido actos delictivos graves.

Leí hace unos días en La Croix que los 250 miembros del sínodo general de la iglesia anglicana de Australia votaron por unanimidad esta reforma: se permitirá en adelante a los sacerdotes revelar información sobre crímenes graves, como la pedofilia, la pornografía infantil y, en general, delitos por los que el autor pueda ser condenado a más de cinco años de cárcel.

La reforma no entrará en vigor mientras no sea aprobada por cada una de las 23 diócesis anglicanas de Australia. A juicio del abogado Garth Blake, autor de la propuesta, se trataría de mejorar la seguridad de la comunidad y garantizar que las reglas eclesiásticas no sean un escudo para delincuentes. Desde su punto de vista, “nuestro primer deber es proteger a los niños y a las personas vulnerables”.

En el fondo, acoge planteamientos promovidos en 2013 por la primera ministra Julia Gillard, para luchar contra abusos sexuales de menores. Llegó a acusar a los sacerdotes de “pecado de omisión” por no denunciar conductas conocidas a través de la confesión. El arzobispo católico de Sydney, el cardenal George Pell, se apresuró a manifestar su rechazo a cualquier excepción a la inviolabilidad del secreto de confesión.

No es necesario recordar la fuerza con que el Papa Francisco está luchando contra ese mal, más bien histórico. Según Scalfari –aunque sus expresiones no son fiables, como es sabido‑, lo considera lepra de la Iglesia, y está dispuesto a erradicarlo con una energía semejante a la de Jesús ante la corrupción en los atrios del templo de Jerusalén.

Pero no parece que el remedio sea derogar una praxis antiquísima y justa, que consta al menos en el famoso Decreto de Graciano, casi un siglo antes del IV Concilio de Letrán (1215). Existen medios pastorales y canónicos para luchar contra abusos, sin incidir en uno mucho más grave.

Resulta paradójica la actual mitificación de la transparencia, que contrasta con no menos mítica privacy precedente. Lo grave es que se ha producido ya la primera sentencia civil contra el secreto de la confesión, nada menos que en Estados Unidos.

El Tribunal Supremo de Luisiana zanjó un caso de abuso sexual, sin nada que ver con un sacerdote pedófilo. Una chica católica, de doce años, se habría confesado –según dice‑ de tener una relación con un hombre adulto. Sin violar el secreto, el confesor intentó acercarse discretamente a esa persona para que pusiera fin a la relación. Más tarde, la chica contó lo sucedido a sus padres, y lo denunciaron a la policía. Casi la vez, aquel hombre moría.

Pero el asunto llegó a organizaciones y bufetes especializados en  conseguir indemnizaciones eclesiásticas por abusos del clero. Y comenzó un proceso contra la empresa de que era propietario el fallecido, y contra la parroquia y la diócesis, justificando su responsabilidad por el silencio del confesor. La tesis es que la protección de los menores debe prevalecer sobre el derecho a la libertad religiosa. Así lo decidió un juez en primera instancia. Pero la sentencia fue anulada por el Tribunal de Apelaciones para el Primer Circuito de Luisiana en 2013: obligar a un sacerdote a violar el secreto de la confesión subvertiría completamente el principio constitucional americano de la libertad de religión.

Pero la muchacha, probablemente instruida por los abogados, “recordó” cinco años después que el sacerdote le había aconsejado no hablar con nadie. Como es natural, el confesor estaba atado de pies y manos, pues negar esa versión significaba violar el secreto. ¿Cómo no evocar la película Yo confieso dirigida por Alfred Hitchcock en 1953?

Con esos argumentos obtuvieron la sentencia del Tribunal Supremo de Luisiana: la norma sobre la confesión está destinada a proteger al penitente, no al sacerdote. El asunto acabará en la Corte Suprema Federal. Pero no deja de reflejar la influencia cada vez más fuerte del laicismo europeo en la sociedad estadounidense.

Salvador Bernal



·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·