Jueves 08/12/2016. Actualizado 16:49h

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Tribunas

Comenzar la tarea rezando… y abrir las fronteras

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Muchos –demasiados– cristianos desconocen las riquezas de la liturgia de la Iglesia. La liturgia no se limita a la Eucaristía –la misa– y los demás sacramentos. También está la “Liturgia de las Horas”, inspirada en oraciones que rezaban los justos del Antiguo Testamento y los primeros cristianos. Compuesta de himnos, lecturas y salmos, la Iglesia manda a los sacerdotes –entre otros– que la recen en nombre de todos los cristianos. Es lo que se ha llamado desde hace siglos “el Oficio divino” o “breviario”. Pero, obviamente, esa oración no está prohibida para los demás cristianos. Más aún, está aconsejada. Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de todo el Pueblo de Dios… Cada uno participa en ella según su lugar propio en la Iglesia y las circunstancias de su vida… Se recomienda que también los laicos recen el Oficio divino, bien con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso solos" (n. 1175).

En la “liturgia de las horas”, como expresa su nombre, hay oraciones para los diferentes tiempos del día. El himno de la hora tercia ¬¬–que corresponde al tiempo entre las 9 y las 12– es, por tanto, una buena oración para comenzar la tarea cotidiana. Precisamente sobre esto ha sido la meditación de Benedicto XVI el primer día de los trabajos del Sínodo de África.

El himno en cuestión comienza invocando al Espíritu Santo para ese momento, para ese “ahora”. Es, decía el Papa, como si pidiéramos que sucediera cada día el acontecimiento de Pentecostés: que el Espíritu recree de nuevo a la Iglesia –todos somos Iglesia– y al mundo. Después de la Ascensión, los apóstoles no se pusieron a organizar y hacer cosas, sino que esperaron al Espíritu Santo. Así deberíamos obrar cada cristiano y la Iglesia en conjunto, como los apóstoles: “Comprendieron que la Iglesia no se puede hacer, que no es producto de nuestra organización: la Iglesia debe nacer del Espíritu Santo. Al igual que el Señor mismo fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de él, también la Iglesia debe ser siempre concebida por obra del Espíritu Santo y nacer de él”. Y es que “sólo con este acto creador de Dios, podemos entrar en la actividad de Dios, en la acción divina y colaborar con él”.

A continuación el himno exhorta a que resuene nuestra confesión con fuerza a través de los labios, la lengua y los sentidos; y que nos transformemos por la caridad que hemos de manifestar hacia el prójimo. En estos tres términos se detuvo el Papa: confesión, caridad y prójimo.

En primer lugar explicó que el Espíritu Santo, al descender en Pentecostés posándose como lenguas de fuego sobre los apóstoles les infundió la palabra correcta y razonable que les llevaba a la “confesión” de la obra de Cristo y por tanto al amor. Era lo contrario de la “confusión” que se produjo en la torre de Babel. Ésta nacía del egoísmo y la soberbia, y condujo a la profunda incomprensión de unos por otros. En Pentecostés, por el contrario, el Espíritu supera esa incomprensión y, a pesar de la diversidad de las lenguas humanas, siembra en cada uno “la lengua de fuego” que significa la acción de Dios que une para la vida: su palabra, su ciudad, la Iglesia en la que está presente la riqueza de las diversas culturas. “La Iglesia –señalaba el sucesor de Pedro– nunca es un grupo cerrado en sí mismo, que vive para sí mismo como uno de los muchos grupos que existen en el mundo, sino que se caracteriza por la universalidad de la caridad, de la responsabilidad respecto al prójimo”.

La confesión, en perspectiva bíblico-cristiana, tiene dos significados. Ante todo, confesar los pecados, porque “sólo a esta luz podemos conocernos a nosotros mismos, podemos entender también cuánto mal hay en nosotros y, de este modo, ver todo lo que debe ser renovado, transformado. Sólo a la luz de Dios nos conocemos los unos a los otros y vemos de verdad toda la realidad”. Es con esa luz como debemos “ver” todas las realidades que se nos presentan, el ser humano y la realidad que nos rodea, los análisis empíricos de las ciencias, las noticias –cabría añadir– de los medios de comunicación. Por eso –continuaba el Papa– nos equivocamos si no nos damos cuenta de que “en la raíz de las injusticias, de la corrupción, hay un corazón que no es recto, hay una cerrazón respecto a Dios y, por lo tanto, una falsificación de la relación esencial que es la base de todas las demás”. Por eso decía San Agustín que la confesión cristiana es “hacer la verdad, ir a la luz”. Porque sólo si nos damos cuenta, con la luz de Dios, de nuestras culpas, podemos vivir en la verdad y participar en la verdad.

Un segundo significado de la palabra “confesión” es dar gracias a Dios, dar gloria a Dios, dar testimonio de Dios. Así, se habla de “confesar la fe” o evangelizar, anunciar a Dios, y de este modo, transformar el mundo. El cristiano debe confesar a ese Dios que, según San Pablo, no está lejos, sino que mora en el corazón del justo. A ese Dios que se nos da –subrayaba Benedicto XVI– gratuitamente (de hecho decimos que quien está en amistad de Dios, en justicia con Él, está “en gracia” de Dios). El cristiano debe confesar, testimoniar ante el mundo su fe, con su vida y con sus palabras.

En segundo lugar, la caridad. “Es importante que el cristianismo no sea una suma de ideas, una filosofía, una teología, sino un modo de vivir; el cristianismo es caridad, es amor”. Es cierto que Dios por una parte, es la razón eterna. “Pero esta razón es a la vez amor, no es matemática fría que construye el universo, no es un demiurgo; esta razón eterna es fuego, es caridad. En nosotros mismos debería realizarse esta unidad de razón y caridad, de fe y caridad”. Este es el último grado de la perfección del hombre, su verdadero desarrollo: llegar con la gracia de Dios a participar del amor de Dios. “Nuestra esencia se transforma en la caridad”.

Y, finalmente, el prójimo. “La caridad no es algo individual, sino universal y concreto”. Como se ve en la parábola del buen samaritano, “la universalidad abre los límites que cierran el mundo y crean las diversidades y los conflictos”. En términos más concretos –recordemos que se estaban comenzando los trabajos del Sínodo sobre África, pero que esto se aplica también en todas partes y a cada uno de los cristianos– “debemos abrir realmente estas fronteras entre tribus, etnias y religiones a la universalidad del amor de Dios. Y esto no en teoría, sino en los lugares en los que vivimos, con toda la concreción necesaria”.

Buena lección: comenzar la tarea rezando… y abrir las fronteras, primero de nuestro corazón.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra