Martes 26/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Claustro en la bóveda celeste

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El lunes se abrió un trocito del cielo. La bóveda celeste es el aula magna de la historia.

Sabiduría de Dios y sabiduría del hombre, participación, analogía entis. En el nombre del Padre... Convocatoria del claustro en la eternidad. San Ireneo presidía la sesión por turno, leccio magistralis del Papa Dámaso, ad vitam eternam. Don Eugenio Romero Pose sonreía en la contemplación del Padre y Pablo Domínguez, decano entre los decanos, no paraba de hacer silogismos con las premisas de su inquieta mirada. In principium, así como comiences será tu final. La Universidad Eclesiástica San Dámaso inauguró curso y universalidad. Y, entonces, el cielo se abrió para que la razón de la historia y la gracia se reconocieran.

El todo Madrid académico, el todo Madrid eclesial, se dio cita en una celebración eucarística, en la catedral de La Almudena, en la que el cardenal Rouco ejerció en doblete de cátedra. Como demostró en su intervención en el acto académico, con una no muy larga disertación sobre la teología en la Universidad española en la época moderna y contemporánea, el arzobispo de Madrid sigue siendo un universitario de pro, un magíster canonistarum que bien pudiera intercambiar las sedes. Acompañados por un nutrido grupo de obispos, no pocos de ellos exalumnos o exprofesores de la constelación san Dámaso, que ya comienza a funcionar en la historia episcopal española, fenomenología de generaciones eclesiales como antaño fue la norteña y cantábrica Comillas, o la recia Salmanticense, el cardenal Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, Zenon Grocholewski, disertó sobre el significado de la Universidad ante la Nueva Evangelización, muy pegado a un simbolismo hermenéutico y a una claridad expositiva que sonaba a propedéutica. Cuentan las crónicas y los cronistas de la Universidad que en visita privada a las aulas, a los alumnos, a los servicios de la Universidad, el cardenal Grocholewski hizo confesión de fe, confesó y no calló sorprendido por el espíritu y el saber y gustar de los alumnos y las alumnas de San Dámaso, particularmente de los de Derecho Canónico.

El incipit de San Dámaso sabía a futuro sin amnesia del pasado. Allí estaban de espíritu presente el cardenal Ángel Suquía, que vio e intuyó a San Dámaso; el entonces joven profesor Antonio Cañizares, a quien la historia debe el factum; allí se congregaron generaciones de profesores, sacerdotes de la archidiócesis de Madrid, que han dado su vida y su pensamiento con la gratuidad que caracteriza a ese genial presbiterio. Y las autoridades civiles, con el Secretario de Estado del Ministerio de Justicia, el Director general de Asuntos Religiosos y el Director general de Universidades de la Comunidad de Madrid haciendo exégesis civil de lo que todos percibían era una inversión para el futuro.

Mientras, en el claustro del amor eterno, memoria y esperanza, don Eugenio y nuestro querido Pablo sonreían. San Dámaso fue una fiesta que no olvidó, en palabras del decano de lujo Javier Prades, teólogo de comisiones internacionales, a quienes hicieron posible ese día de fiesta. Ad multos annos.

José Francisco Serrano Oceja

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