Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Chema Girón

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Obligaba en esta columna la actualidad de la Iglesia en España: la toma de posesión del obispo de Palencia, esa diócesis marcada por los cambios episcopales; el tsunami veraniego del nombramiento de monseñor Mario Iceta como obispo de Bilbao, con lo que se cierra un capítulo y se abre otro en la historia de la Iglesia en el País Vasco al son del tándem Munilla-Iceta y con los recambios que se ya se están preparando; la hermenéutica del Concilio de los discípulos del profesor Ratzinger, quién lo fuera y quien hubiera podido participar en ese destacable encuentro de estudio; el caso complejo de los hospitales catalanes y el aborto y la rápida respuesta del obispo de Tarrasa... Y, de pronto, recibí una llamada telefónica, desde mi añorada tierra, para decirme que Chema Girón Gálvez había muerto.

Cuarenta y ocho años tenía. Párroco de la localidad cántabra de Comillas, la villa de los arzobispos, de Gaudí, de la Universidad Pontificia. Un sacerdote ejemplar de esos que hacen que la Iglesia se meta hasta las entrañas en la vida de las personas, de los pueblos, de las ciudades. Uno de esos cientos, miles de sacerdotes que, con alzacuellos o sin él, con sotana o sin ella, no se avergüenzan de haber dicho un día sí a Cristo en plenitud, para toda la vida, en toda la vida. Uno de esos sacerdotes que enarbolan la alegría como primera y principal virtud del cristiano; que son capaces de entregar su sueldo para que los niños y jóvenes de la parroquia puedan ir, en este año de crisis, al campamento, o mantengan sus actividades en el centro parroquial.

Un sacerdote, mi querido amigo Chema, que sufrió durante años, en silencio, la cruz de una enfermedad que le iba minando las fuerzas de su cuerpo mientras sentía que se agrandaban las de su alma. Un sacerdote que comenzó su ministerio con un montón de pueblos en los valles de la Liébana profunda, de la reforma católica de los Toribios, y que entregó su vida allí, entre los kilómetros de las carreteras y los fríos y desangelados inviernos. Un sacerdote joven, aún con su madurez aquilatada, entre un clero mayor y sobrecargado, y, algunas veces, defraudado. Un sacerdote, ejemplo de la generación Juan Pablo II de sacerdotes, de un seminario hechura del hoy arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro. Un sacerdote, amigo de sus amigos, en las alegrías y en las tristezas, en las cumbres y en los valles. Un sacerdote, al que le apasionaba el surf en sus tiempos de locura apostólica, la guitarra y mirar siempre a lo alto. Un sacerdote al que Dios ha llamado a su gloria y que, como otros sacerdotes, fallecidos en medio del camino de la vida, son lección y testimonio de fe. Descansa en paz, amigo Chema. Un fuerte abrazo.

José Francisco Serrano Oceja