Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Cerco a la Basílica del Valle de los Caídos

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Hay en Internet una auténtica eclosión de informaciones con la acertada tesis de que el Gobierno, a través del Ministerio de la Presidencia, vía Patrimonio nacional –¿será patrimonio, pero nacional?-, ha decretado un silencioso cierre del Valle de los Caídos y un más que probable ahogamiento social de la comunidad benedictina que allí habita. Una muestra de las correctas informaciones se puede encontrar, entre otros sitios, en el portal diario.ya que, en esta materia, está muy bien informado.

La Hermandad del Valle de los Caídos, que hace un par de años tuvo que emigrar de su habitat natural para celebrar sus reuniones mantiene la mecha encendida de la buena información y del sentido común en la necesaria respuesta de los católicos, y de los hombres de buena voluntad, ante este orquestado latrocinio. Pese a que en la forma de trabajar de la comunidad religiosa no está el incendiar la injusticia, ni en hacer crecer el líquido inflamable del disgusto, no son pocos los fieles y los amigos del Valle de los Caídos que comienzan a inquietarse.

Las razones esgrimidas por Patrimonio Nacional ocupan un amplio espectro en el catálogo de disparates: de la degradación arquitectónica al riesgo de desprendimientos, pasando por la deficiente atención a los turistas, distancia siempre del despropósito.

El problema no es la situación de abandono que, desde hace seis años ha sometido el gobierno al Valle de los Caídos; el problema es la nula voluntad por parte del gobierno a la hora de resolver el status quo del Valle de forma satisfactoria, es decir, normalidad institucional. Lo que las huestes de Zapatero no han medido bien –según confiesan los miembros de la Hermandad- es la respuesta ante esta situación, dado que al tratarse de una Basílica con título pontificio y estrechas ligazones con el Vaticano, tarde o temprano, los responsables del progresivo cierre se van a encontrar con la Santa Sede como interlocutor, con todas sus diplomacias y con no pocas de sus divisiones.

Ya no será una cuestión de algún político amigo del Valle, miembro de la mesa del Congreso, ni del Abad, ni del titular de la Iglesia en Madrid. Será una punto al rojo vivo del diálogo con la Santa Sede, vía diplomacia internacional o como se quiera denominar. Y no digamos nada si se lleva la cuestión al ámbito jurídico, en donde se mezclarían tantas cuestiones de derecho que cabría montar una bolognesa asignatura universitaria.

Mientras tanto, el acceso a la Basílica sólo se permite en los horarios de misas, un resquicio a la libertad de quienes quieren asistir al culto católico. Todos con el Valle, por lo que ha sido, es y será: un lugar de oración por la reconciliación entre los españoles.

José Francisco Serrano Oceja