Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Carta a monseñor Munilla

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Querido don José Ignacio,

Perdone que le trate de usted; es la costumbre cuando de palabra pública se trata. No sé si tuvo la oportunidad de conocer a José Ignacio Tellechea, un vasco universal, español ejemplar, como san Ignacio, de quien escribiera aquello de que anduvo por el mundo, -el santo, me refiero-, sólo y a pie. Recuerdo cuando en el salmantino Colegio Mayor Hispanoamericano, un “meeting point” singular de culturas estudiantiles, nos contaba en la mesa su historia, la historia del drama de la Iglesia en el País Vasco, que no de la Iglesia del País Vasco, una forma de denominación josefina y galicana. Tellechea había estudiado en el venerable Seminario de Vitoria, una institución clave para la Iglesia en la España contemporánea. Y lo había hecho codo con codo con José María Setién, que entonces era su obispo. Juntos, con monseñor Labora, después Nuncio en muy diversos, distintos y distantes lugares de la catolicidad, - y que, pasó sus últimos días en esa preciosa Casa de Ejercicios desde la que se divisa la bella ciudad de San Sebastián-, se fueron a Roma y allí montaron esa especie de lobby vasco en la Curia Vaticana. A don José Ignacio, para nosotros, los jóvenes estudiantes de la Pontifica, un maestro, le dolía su Iglesia. Hoy, desde el cielo, habrá sentido que aquellas palabras suyas, “necesitamos un obispo que hable de Dios y de Jesucristo, y no sólo de pacificación”, se harán realidad.

Ya sé que no son pocos los sacerdotes nativos del País Vasco que le han dicho que cuente con ellos, que se van con usted. En los últimos veinte años, más de una treintena de florecientes vocaciones, que hablan el Euskera, la mayoría, tuvieron que marcharse a estudiar a los seminarios en los que se enseñaba, en su integridad, la doctrina católica y en los que la espiritualidad no era un ejercicio de malabarismo psicológico. Muchos de ellos, con su familia en las tierras del norte, ejercían su ministerio en los más recónditos lugares de la geografía española. Ahora, dicen que quieren volver. Con su nombramiento, no sólo se rompe una dinámica presente en la historia reciente de la Iglesia en el País Vasco, y en la de España, sino que comienza el regreso de un grupo nada desdeñable de sacerdotes, que no se habían sentido capaces de pasar por el aro del nacionalismo eclesial, prueba de fuego de la vocación al ministerio, a sus tierras.

Querido don José Ignacio, aún recuerdo los Ejercicios Espirituales que dio a un grupo de la Asociación Católica de Propagandistas en Loyola, hace ya tres años. Rememoro su ímpetu apostólico, la pasión por la verdad del Evangelio, predicado plena, íntegramente; recuerdo esa sana ironía y esa retranca característica de quienes han vivido entre montañas; recuerdo las anécdotas, la de pobre mendigo, la de la llave, que supongo ilustran su argumentario para la predicación. Y, sobre todo recuerdo, su silencio obediente en estos años cada vez que alguien le preguntaba sobre la Iglesia en el País Vasco. Un silencio pronóstico de un tiempo nuevo en el que la primera pacificación será la conversión del corazón y la propuesta de Cristo para las almas. Que Dios le bendiga y que le acompañe en su tarea de ser padre y pastor de todos sus fieles.

José Francisco Serrano Oceja