Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La Camorca: un refugio solidario

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Al cerro de La Camorca, en medio de los espléndidos pinares de Valsaín, se sube caminando en poco más de dos horas desde la fuente de la Canaleja, allí donde el naciente Eresma cruza la carretera que baja del puerto de Navacerrada, tras las conocidas siete revueltas. Cuando tanto se compara calidad y precio, la Camorca es buen símbolo de lugar desde donde se contemplan vistas imponentes de la Sierra madrileña sin haber tenido que gastar energías excesivas. Sobre el verde intenso del bosque se abre a lo lejos la meseta de Castilla, con la catedral de Segovia en primer plano. La mirada circular puede ir luego a La Granja, Peñalara, La Cuerda Larga, Siete Picos, la Mujer Muerta.

Si el horizonte es grandioso, no lo es menos la delicada finura con que un Club Montañero cuida del pequeño refugio que se alza en lo alto de la cumbre. Allí hay todo lo necesario en caso de apuro: agua, sal, aceite, velas. No faltan signos religiosos, especialmente en torno a la Navidad. Siento no conocer a los responsables, porque me gustaría darles las gracias personalmente: es todo un ejemplo de amor a la naturaleza y solidaridad ecológica, no sólo ante las generaciones de futuro, sino también las presentes. La última vez que pasé por allí, un caminante acababa de escribir en las páginas del cuaderno abierto en el refugio una experiencia íntima: su reencuentro con la alegría de vivir, tras un fuerte desengaño amoroso, gracias a sus paseos serranos. Y dejaba su edad y su dirección electrónica, por si alguna montañera se animaba a escribirle y compartir soledades.

El primor de la Camorca contrasta con la rudeza de los quizá Verdes radicales que han ido destrozando viejos signos religiosos en la sierra del Guadarrama. Mi afición al senderismo es reciente. No llegué a conocer la Virgen que había en Claveles. Para mí, poco experto, no era fácil el paso tras coronar Peñalara. Pero quería conocer esa imagen, de la que me habían hablado mis acompañantes. Al llegar, había desaparecido. Como sucedería también con la de la Maliciosa. Más pena me dio ver destrozada la graciosa capilla que había junto a la fuente de la Marichiva: una rústica y pequeña techumbre protegía de nieves y vientos a una foto grande que me parecía de la Fuencisla, patrona de Segovia. Siempre tenía flores. Hasta que llegaron los recalcitrantes, supongo, de la deep ecology.

No se entendería por qué el amor a la naturaleza tendría que oponerse a otros amores, menos aún al amor a la Madre del Dios creador de lo más bello. Tampoco a las convicciones de los creyentes, que incluyen esa solidaridad con las generaciones futuras. Quizá no sean Verdes los destructores de esos símbolos. Pero me viene reiterativamente a la cabeza estos días el triunfo electoral en las europeas de los ecologistas franceses, lideradas por un hombre del mayo de 1968 como Daniel Cohn-Bendit, sólo con 0,2% votos menos que los socialistas. Una ecología profunda debería ser ecopacifista en todo, y estar mucho más abierta a las exigencias naturales que enriquecen la convivencia humana, de acuerdo con el reciente documento de Congregación para la Doctrina de la Fe. También en la Sierra de Madrid: otro reto quizá para uno de sus grandes valedores, Antonio Sáenz de Miera.

Salvador Bernal