Lunes 05/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Caminos cristianos en Galicia

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No olvidaré el entierro de Baldomero, padre de un gran amigo, en San Vicente do Grove, una tarde oscura de julio a comienzos de siglo. Impresionaba el silencio, la sencillez solemne de la ceremonia en una antigua iglesia románica, con su cementerio anexo. Cerca, tras un pinar, un brazo de la ría de Arousa.

Se me grabó en el alma la escena, más allá del cariño hacia la familia que había perdido al buen padre, fallecido de repente. Las piedras, las flores, el musgo, la pátina, condensaban años de historia plenos de vida cristiana y esperanza. Reflejaban la profundidad de la fe en tierras de Galicia.

Lo he vuelto a comprobar ahora. Cualquier salida desde el lugar próximo a Cambados en que estoy, es una sucesión de torres y capillas, de imágenes de la Virgen y de san José, de cruceros sencillos o recargados. O de santuarios con devociones acendradas, como la que descubrí en el de San Martiño y San Campio de Lonxe de Figueiró-Tomiño, regresando de La Guardia hacia Tui. Campio fue un soldado romano que padeció el martirio en la persecución de Diocleciano, con su mujer Arquelaida y tres hijos de corta edad. Allí llegan peregrinos de Galicia y Portugal, que pueden rezar, pensar y descansar en un conjunto de edificaciones relativamente recientes e inesperadas en ese lugar recóndito, con sus múltiples detalles catequéticos, históricos y bíblicos: un gran trabajo de un sacerdote celoso, José Luis Portela Trigo.

En el centro, claro está, Santiago, más aún en este año jacobeo, meta de peregrinos de cualquier país del mundo. Ciertamente, a Compostela acuden caminantes despistados, por razón de turismo, cultura, ecología o amistad. Pero muchos acaban encontrando un nuevo sentido de la vida, que quizá no buscaban ni esperaban. A lo largo del Camino, la gracia de Dios aletea en parajes naturales bellísimos y en edificios religiosos de enorme fuerza en su grandeza o en su sencillez. Invitan a meditar, incluso, a los más activistas. Y tal vez la definitiva reflexión se abre paso en la gran ”cola” que precede a la puerta santa: a veces, más de una hora de espera, bajo paraguas o chubasqueros.

Algunos caminantes, tras dar el abrazo al Apóstol, no saben mucho qué hacer delante de su tumba. Tal vez les falta formación honda. La organización está muy pendiente de la seguridad y de la protección del excepcional templo. Nunca faltan sacerdotes en los confesonarios. Aunque se echan de menos otras iniciativas de comunicación, seguramente Santiago va a ser para tantos un punto de partida más que una meta de llegada.

Estos días he revisado mi perspectiva de las devociones populares, quizá difuminadas desde una visión excesivamente intelectualista. También en este punto un reduccionista “espíritu conciliar” llevó a restar en vez de sumar. Se me impone la realidad de que pueden ser un gran instrumento de revitalización cristiana. De hecho, así lo indica el Catecismo de la Iglesia, n. 1674: “la catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de religiosidad popular. El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc.” El necesario discernimiento más bien debería subrayar el “acervo de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia” (CEC 1676).

Sólo le falta a Galicia recuperar el declive de la natalidad. Da pena ver casi vacíos los cuidados parques infantiles instalados en infinidad de lugares. Poco se siente el peso de los críos en calas recoletas o en las dilatadas playas a mar abierto junto a las dunas de Corrubedo. Más se les echa de menos, cuando una y otra vez cruzas el camino con parejas maduras que llevan a sólo un hijo, que tal vez se quede en único. La conciencia de invierno demográfico pesa mucho aun cuando se acerca el verano.

Salvador Bernal