Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

¿Por qué lo llaman género, cuando están hablando de sexos?

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La profesora alemana Jutta Burggraf, licenciada y doctora en Psicopedagogía por la Universidad de Colonia y licenciada y doctora en Teología con premio extraordinario por la Universidad de Navarra, intervino recientemente en un congreso promovido por la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, donde habló sobre el tema: “Género e identidad”.

Partiendo de la idea de que el movimiento feminista ha cambiado profundamente nuestra convivencia, tanto en la familia como en la sociedad, recuerda que a partir de la mitad del siglo XX, una parte de las feministas ya no aspiraban simplemente a una equiparación de derechos jurídicos y sociales entre el varón y la mujer, sino a una igualdad funcional de los sexos.

La profesora Burggraf, cuya actividad investigadora se centra en la fundamentación teológica de la temática femenina y en cuestiones específicas de Teología sistemática, asegura que actualmente ya no se desea únicamente emanciparse del predominio masculino, ni liberarse de las funciones concretas femeninas y maternales. Hoy se intenta realizar un paso todavía más radical: eliminar la misma naturaleza, cambiar el propio cuerpo, para mejorar mediante modernas tecnologías las capacidades de su organismo.

En consecuencia, algunos prefieren hablar de género (gender) en vez de sexo. Según esta ideología, la masculinidad y la feminidad no estarían determinadas fundamentalmente por la biología, sino más bien por la cultura. Por lo tanto, las diferencias entre el varón y la mujer serían meras construcciones culturales “hechas” según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos.

Es evidente que no todo es naturaleza, ni todo es cultura. Pero si el hombre no acepta su corporeidad -con todo lo que implica-, entonces no se acepta a sí mismo y terminará en un desequilibrio emocional, psíquico y espiritual.

La profesora destacó la importancia de reconocer las diferencias sexuales, que no significan discriminación, sino todo lo contrario. Si exigimos la igualdad como condición previa para la justicia cometemos un grave error. La mujer no es un varón de calidad inferior, las diferencias no expresan minusvalía. Antes bien, debemos conseguir la equivalencia de lo diferente. La capacidad de reconocer diferencias es la regla que indica el grado de inteligencia y de cultura de un ser humano.

Burggraf concluye afirmando que aparte del sexo existen, sin duda, otros muchos factores responsables de la estructura de nuestra personalidad. Cada uno tiene su propia manera irrepetible de ser varón o mujer. En consecuencia, es una tarea importante descubrir la propia individualidad, con sus posibilidades y sus límites, sus puntos fuertes y débiles.

 

Por Alfonso Bailly-Bailliére