Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

El Papa explica las claves de la felicidad para 2010

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En el primer domingo de 2010 el Papa ha querido transmitir un mensaje de esperanza al mundo, a todos y cada uno de los hombres y mujeres, que con más o menos fortuna deben afrontar las vicisitudes cotidianas.

Como bien reconoce el Santo Padre, no faltan problemas ni en la Iglesia ni en el mundo, ni por supuesto en la vida de las familias. Sin embargo, recuerda que la esperanza humana, al estar fundamentada en Dios, es un antídoto contra el pesimismo.

Nuestra esperanza no depende de los improbables pronósticos, de los horóscopos, ni tampoco, por importantes que puedan parecer, de las previsiones económicas. Y no es que el Papa sea un crítico de la economía; lo que quiere decir más bien, es que no se puede fiar todo en sus resultados.

Frente a quienes se refugian en una “genérica religiosidad o en un fatalismo encubierto de fe”, Benedicto XVI asegura que nuestra esperanza está en Dios y confiamos en El, porque desea compartir nuestra historia para conducirnos con mano segura y fuerte a su Reino de amor y de vida. “Ésta es la gran esperanza que anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas”, subraya.

Si el destino está en las manos de Dios, sin embargo, el designio divino, dice el pontífice, “no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y exige libertad”. Esto quiere decir que el ser humano puede plasmar su destino porque Dios le ha otorgado libertad de arbitrio para hacerlo. Y es que, como le gusta repetir y recordar a Benedicto XVI, sin Dios, difícilmente se puede dar sentido a la existencia.

Tras poner de relieve que el Reino de Dios está presente en la historia y que Cristo con su venida ha vencido la fuerza negativa del maligno, cada uno, concluye el Papa, es responsable de acogerlo cotidianamente en la propia vida. Por eso, afirma que en la medida en que, según la propia responsabilidad, sepamos colaborar con la gracia de Dios, el nuevo año será más o menos “feliz”.

Por Alfonso Bailly-Bailliére