Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

El Papa aconseja tener un director espiritual

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Durante la catequesis de los miércoles el Papa subrayó ayer la importancia de no descuidar el crecimiento interior, que es más importante que el crecimiento físico, humano e intelectual.

Hablando del monje oriental Simeón el "Nuevo Teólogo", que vivió entre finales del siglo X y comienzos del XI, el Papa puso de relieve que confió su alma a una guía espiritual para emprender el camino de la unión con Dios, porque de este modo se experimenta su ayuda en todo momento y circunstancia.

El Papa señaló que así como el mismo Simeón, cuando era joven, encontró un director espiritual que le ayudó mucho, también hoy día todos -sacerdotes, personas consagradas, laicos y especialmente jóvenes- estamos invitados a recurrir a los consejos de un buen padre espiritual, porque es necesario el diálogo con otra persona, no bastan nuestras reflexiones personales.

Un consejero espiritual experto, aseguró el pontífice, nos ayudará a conocernos profundamente y nos conducirá a la unión íntima con Dios, para que la vida se conforme cada vez más con el Evangelio.

Benedicto XVI explicó que la receta para crecer en amor a Dios es permanecer unidos a Él con la oración y la escucha de su palabra, o lo que es lo mismo, rezando y meditando con frecuencia el Evangelio. En este sentido recuerda algo que es propio de un cristiano corriente -no solo de quienes han recibido el sacerdocio o se han consagrado a Dios- que trata de mantenerse unido a su Padre Dios.

En la audiencia general de ayer, el Papa también hizo hincapié en que sólo el amor divino abre nuestro corazón a los demás, es decir, nos lleva a preocuparnos de sus necesidades, porque nos hace considerar a todos como hermanos. Una de las consecuencias de este esfuerzo por vivir más cerca de Dios es responder con el amor al odio y con el perdón a la ofensa. Lo que el Santo Padre nos recuerda es que debemos imitar el ejemplo de Cristo, que desarma con su amor a quien le odia y perdona siempre a quien le ofende y se arrepiente con humildad.

 

Por Alfonso Bailly-Bailliére