Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

Habla el médico personal de Juan Pablo II

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Karol Wojtyla hubiera cumplido ayer 90 años. Cuando fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978 parecía un hombre vigoroso e infatigable, pero el 13 de mayo de 1981 todo cambió.

Las balas del turco Alí Agca no lo mataron, pero minaron seriamente su salud de hierro. Desde entonces Juan Pablo II se convirtió en un “hombre de dolores”, según cuenta quien fuera su médico personal, Renato Buzzonetti, en una entrevista a L’Osservatore Romano.

La primera vez que encontró al Papa fue pocos minutos después de su primera bendición desde el balcón central de la Plaza de San Pedro. “No podía prever que unas semanas más tarde me hubiera convocado para pedirme que fuera su médico personal. Escribí al secretario, monseñor Stanislaw Dziwisz, para decirle que aceptaba y que estaba dispuesto a renunciar cuando el Papa quisiera”.

A partir de entonces, junto a Juan Pablo II, “nuestras relaciones se caracterizaron por una gran sencillez. Por mi parte, siempre había una sinceridad filial y respetuosa y por parte del Papa, una confianza afectuosa, que se manifestaba con gran sobriedad, de gestos y palabras, y una benevolencia transparente”.

Como paciente, Juan Pablo II “era dócil, atento, deseoso por saber la causa de sus males leves o graves, pero sin la curiosidad exagerada, aunque comprensible, de muchos pacientes. (...) Nunca mostró momentos de desaliento frente a los sufrimientos, que afrontaba con valentía y aceptación”.

Buzzonetti cuenta que “el dolor físico del Papa, en los últimos tiempos, era intenso, pero para él era sobre todo el sufrimiento moral y espiritual de un hombre en la cruz que aceptaba todo con valentía y paciencia... nunca pidió sedativos, ni siquiera en la fase final”.

Un momento particularmente dramático, recuerda Buzzonetti fue cuando el Santo Padre se despertó de la anestesia tras la traqueotomía. “A pesar de haber dado su consentimiento para que se llevara a cabo la intervención, se dio cuenta de que no podía hablar. De repente se encontró ante una realidad nueva muy dura”.

Para su médico personal, Karol Wojtyla, además de paciente, era el Papa. Hablando de su espiritualidad, Buzzonetti resalta la “unión íntima con Dios, hecha de oración y contemplación continuas. Tenía una fe de acero, una inteligencia penetrante, una capacidad rápida y sintética de toma de decisiones, una memoria segura, y sobre todo una capacidad de amar, compartir y perdonar”.

Rememorando los últimos días del Papa polaco en esta tierra, Buzzonetti afirma que la muerte de Juan Pablo II fue la de “un hombre despojado de todo, que había vivido las horas de la batalla y de la gloria, y que se presentaba en su desnudez interior, pobre y solo, al encuentro con su Señor, al que iba a devolver las llaves del Reino”.

Por Alfonso Bailly-Bailliére