Jueves 17/08/2017. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

Francisco y las monjas rebeldes

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El Papa toma las riendas también de los temas espinosos. Y el caso de las monjas rebeldes de Estados Unidos es uno de ellos.

La Conferencia de Líderes religiosas de Estados Unidos fue uno de los temas complicados del último año de pontificado de Benedicto XVI. Algunas monjas de Estados Unidos se rebelaban ante las indicaciones del Vaticano y pusieron sus opiniones en Teología por delante del Magisterio de la Iglesia. Benedicto XVI, con su habitual espíritu conciliador pero guardián de la fe, calmó los ánimos e intentó traer de vuelta al redil a las ovejas descarriadas. Con paciencia y argumentos razonables intentó explicarles las tesis de Roma

Ahora los aires en el Vaticano son otros, pero hay líneas que Benedicto XVI comenzó y que no han cambiado. Esta es una de ellas. Francisco hereda este tema espinoso y se fía del criterio de su predecesor. Tras haber consultado con el prefecto del la doctrina de la fe, Gerhard Müller,éste se reúne con la Conferencia de Líderes religiosas y durante el encuentro Müller, en nombre del Papa les recuerda sus orígenes más profundos.

El prefecto les agradeció el trabajo que han realizado a lo largo de los años en Estados Unidos. Ls escuelas, los hospitales y las instituciones de ayuda que desde hace siglos en el país. Sin embargo, subrayó las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la importancia de promover una visión de comunión eclesial, como uno de sus principales deberes como religiosas. Es decir, como religiosas tienen el deber de testimoniar la unidad de la Iglesia y con su actitud es principalmente lo que no están haciendo. También les recordó para qué existe la Conferencia de Líderes religiosas, cuya función es principalmente para unir los esfuerzos entre los distintos miembros de institutos religiosos para una mejor cooperación con las conferencias de episcopales. Es decir, unidad con Roma y con sus obispos, otro punto que a estas monjas les resulta últimamente difícil de acatar.

Apelando a la buena voluntad de sus interlocutores, Müller siguió la misma vía que Benedicto XVI tomó en tantas otras ocasiones con grupos problemáticos como los lefebvrianos o los sacerdotes de la Pharrer initiative. No les juzga ni les amenaza. Sólo les recuerda lo que decidieron un día, los compromisos que tomaron con la Iglesia, que ahora pasado el tiempo quieren cambiar y las repercusiones de su actitud en la Iglesia universal. Les lleva con la memoria al día en el que fueron ordenados o en el que realizaron sus votos perpetuos. La ilusión con la que recibieron el Sacramento o con la que realizaron sus promesas y les pregunta qué ha pasado desde entonces para llegar a este punto. Lo mismo con las monjas rebeldes. Les recuerda sus buenas obras, su servicio a la Iglesia y a los más necesitados y les pregunta una vez más qué les ha llevado a esta sublevación. Se fía de su buen criterio, de su corazón y de su amor por la Iglesia y por Jesucristo. Y espera. Un método muy arriesgado, pero altamente efectivo que ahora Francisco también sigue y que espera que tenga efecto y haga que las monjas americanas vuelan a la total unión con Roma, con la ilusión del primer día.

@blancaruizanton

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