Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

Dios quiere nuestro bien aunque permita que experimentemos el dolor

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La necesidad de la conversión personal y de interpretar los acontecimientos de nuestra vida bajo la esfera de la fe, fueron dos temas que afrontó el Papa ayer domingo, durante su visita a la parroquia romana de San Juan de la Cruz y en el Ángelus en el Vaticano.

Benedicto XVI se refirió en ambas ocasiones a la importancia de luchar por lograr la conversión personal en este tiempo de Cuaresma, en el que deben primar la penitencia y una oración más intensa.

Dirigiéndose a los parroquianos del barrio de Colle Salario, recordó que Dios espera cada uno de nosotros un cambio radical en la propia existencia, que se concreta en vivir según el Evangelio, corrigiendo alguna cosa en el modo de rezar, de actuar, de trabajar, y en la relación con los demás.

Posteriormente, a mediodía, antes de rezar el Ángelus en la Plaza de San Pedro, el Papa subrayó que Dios se nos manifiesta de diferentes maneras, pero para poder reconocer su presencia hay que acercarse a Él, “conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto”.

Comentando el Evangelio del domingo, en el que a Jesús le piden explicaciones por diferentes eventos negativos que acaecen en un mismo día, el Papa rechazó “la fácil tentación de considerar el mal como efecto del castigo divino”, y recordó que Dios es bueno y no quiere el mal.

Tras poner de relieve que Dios invita a los pecadores a “evitar el mal, a crecer en su amor, y a ayudar concretamente al prójimo necesitado” para ser feliz, señaló que la conversión exige que aprendamos “a leer los hechos de la vida bajo la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios”.

Benedicto XVI dijo que ante los sufrimientos y lutos, hay que dejarse interpelar por la precariedad de nuestra vida y leer los acontecimientos con los ojos de Dios, “que quiere siempre y sólo el bien de sus hijos, aunque a veces permite que experimentemos el dolor, para llevarnos hacia un bien más grande”.

Por Alfonso Bailly-Bailliére