Martes 17/10/2017. Actualizado 01:00h

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Crónica de Roma

El Beato Juan Pablo II descansa en la Capilla de San Sebastián

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Una vez concluida la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II, a la que asistieron más de un millón de fieles de todo el mundo, Benedicto XVI fue el primero en besar su ataúd y rezar durante unos minutos frente a él. Le siguieron los cardenales concelebrantes, los obispos, autoridades y miembros de las delegaciones oficiales que lo desearon.

El féretro de Juan Pablo II se situó ante el altar de la Confesión de la Basílica de San Pedro y sobre él se colocó una copia del Evangeliario de Lorsch, de comienzos del siglo IX, abierto y apoyado en un cojín tejido con decoraciones de oro, además de una corona de flores con los colores de la bandera pontificia: amarillo y blanco. Cuatro guardias suizos hicieron turnos para custodiar el ataúd del nuevo beato.

El flujo de peregrinos que veneraron los restos se mantuvo constante a lo largo de la jornada del 1 de mayo. Los fieles tuvieron que hacerlo con cierta prisa, ya que el personal vaticano encargado del orden pedía que solo se detuviesen durante unos segundos, el tiempo para rezar una oración y en muchos casos para llevarse una foto-recuerdo de ese momento histórico.

Según la Gendarmería Vaticana, desde el momento en que terminó la celebración eucarística del 1 de mayo hasta la mañana del 2 de mayo, más de 250.000 fieles accedieron a la Basílica Vaticana para rezar ante los restos del nuevo beato. La basílica permaneció abierta hasta las 3 de la madrugada y volvió a abrir al final de la misa celebrada por el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, en acción de gracias por la beatificación.

A las 17,30 del lunes se rezó el último Rosario ante el féretro de Juan Pablo II. Posteriormente se cerró la basílica y por la noche, con una ceremonia privada, se colocó definitivamente en la Capilla de San Sebastián, que se halla al lado de la imagen de la Piedad de Miguel Ángel. A partir de ahora ya no habrá aglomeraciones para rezar ante su tumba, porque este lugar es más espacioso que las grutas vaticanas.

 

Alfonso Bailly-Bailliére

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